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Fwd: Ya salió Dialéktica n° 24! (Veinte años... haciendo Filosofía y Teoría social)

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  • Nodo (colectivo de coorganización milita
    ... De: Revista Dialéktica Fecha: 30 de septiembre de 2012 10:53 Asunto: Ya salió Dialéktica n° 24! (Veinte años... haciendo
    Message 1 of 1 , Oct 1, 2012
      ---------- Mensaje reenviado ----------
      De: Revista Dial�ktica <dialektica@...>
      Fecha: 30 de septiembre de 2012 10:53
      Asunto: Ya sali� Dial�ktica n� 24! (Veinte a�os... haciendo Filosof�a y
      Teor�a social)
      Para: Revista Dial�ktica <dialektica@...>



      *Agradecemos la difusi�n de la siguiente gacetilla informativa.*



      *Ya sali�! *

      dial�ktica



      20 a�os�

      *�haciendo filosof�a y teor�a social.*

      *
      *

      *www.revistadialektica.com.ar*







      [image: Im�genes integradas 1]











      *Precios de venta:*



      N�meros 23 y 24: *$15 *cada ejemplar.

      N�meros 19, 20, 21 y 22: *$10* cada ejemplar.

      Ficha Memoria Dial�ktica: *$5.*

      Cuatro n�meros a elecci�n + Ficha: *$40.*

      Cinco n�meros a elecci�n + Ficha: *$50. *





      *Puntos de venta:*



      *Facultad de Filosof�a y Letras* (Pu�n 480), hall del primer piso, de lunes
      a viernes, de 19 a 21.

      *Facultad de Ciencias Sociales* (Marcelo T. de Alvear 2230), frente a la
      Secretar�a de apuntes del CECSO.

      *Librer�a Biblos** *(Pu�n 378).

      *Fotocopiadora El Arca** *(Pu�n y Bonifacio).





      *www.revistadialektica.com.ar*

      *dialektica@...*







      * Nota editorial del n�mero 24:*

      *
      *

      *Capital: ese brillante objeto del deseo***


      *(O �por qu� se est� tan a gusto con la explotaci�n... propia y ajena?)*









      *Dedicamos este n�mero de **dial�ktica* *a quienes luchan,*

      *te�rica y pr�cticamente,* *contra todas las formas de manifestaci�n*

      *de la explotaci�n capitalista.*











      *I*



      Veinte a�os haciendo filosof�a y teor�a social. No periodismo.

      Eso explica por qu�, a diferencia de otras peri�dicas
      publicaciones de pensamiento cr�tico y a diferencia de los copiosos �rganos
      de difusi�n de las agrupaciones pol�ticas de izquierda, ni reaccionamos con
      pronunciamientos ante cada episodio de la agenda burguesa ni andamos
      oli�ndole el rastro al Bolet�n Oficial.

      Eso explica por qu�, entre otras cosas, hacemos todo cuanto
      podemos, desde las modestas p�ginas de *dial�ktica*, por intervenir
      cr�ticamente en la agenda de los trabajadores �entre quienes nos contamos�
      y en la agenda de las organizaciones de los trabajadores �en las que
      participamos�. Para eso asumimos el desaf�o de no dejarnos aturdir por la
      industriosa vor�gine de �novedades� con que la burgues�a formatea nuestra
      experiencia cotidiana. Un desaf�o que posiblemente exceda nuestras
      capacidades (de otro modo, �qu� clase de desaf�o ser�a?)[1], pero en esto
      estriba para nosotros, justamente, hacer filosof�a y teor�a social con el
      fin de impulsar y favorecer la autoorganizaci�n proletaria sobre bases *
      verdaderas*.

      La serie completa de editoriales de *dial�ktica* da cuenta
      �casi hasta el hartazgo� de nuestro punto de partida epistemol�gico y
      pol�tico: nos interesa abordar la relaci�n entre las partes y el todo
      social �y no tomar una parte (por ejemplo, algunos a�os del capitalismo en
      Argentina) como si fuera el todo�; pretendemos retomar, reformular,
      impulsar teor�as y pr�cticas democr�ticas �fundidas en el crisol de la
      autonom�a y la autogesti�n� para intentar conjurar la heteronom�a
      estructural de toda sociedad que se sustente en la escisi�n entre
      dirigentes y ejecutantes; partimos de entender como causa fundamental de
      los problemas sociales contempor�neos el antagonismo irreconciliable entre
      el capital y el trabajo e intentamos adoptar la perspectiva de nuestra
      clase en tanto trabajadores para abordar estos problemas; apostamos por la
      posibilidad de la *humanidad social* y no por reforzar la igualdad formal
      de los celestiales derechos burgueses que encubren las fr�as y siniestras
      cadenas de la terrenal desigualdad real.

      Nos apoyamos, pues, en aquella serie completa para retomar hoy
      esta pregunta fundamental de la filosof�a pol�tica, ya pronunciada por
      Etienne De La Bo�tie y por Baruch Spinoza: �por qu� los seres humanos
      luchamos por nuestra esclavitud como si luch�ramos por nuestra libertad?
      �Por qu� deseamos la explotaci�n, la humillaci�n, la miseria, tanto ajena
      como propia? En condiciones espec�ficamente capitalistas, nuestra pregunta
      es: �por qu� las masas estamos contentas con el capitalismo, por qu� casi
      nadie proyecta otra relaci�n con la producci�n, otra relaci�n con el
      tiempo, otra relaci�n con sus semejantes?

      Tenemos algunas notas para un diagn�stico de este deseo
      capitalista generalizado. Esperamos que sirvan para provocar el debate y
      alentar la autoorganizaci�n de la clase trabajadora contra el capital y su
      correlativo Estado.



      *II*



      Y si de diagn�stico de las masas hablamos, comencemos por una patolog�a
      hist�rica: el estadocentrismo, enfermedad infantil del progresismo. Desde
      que el proletariado ha engendrado sus propias organizaciones prevalece el
      objetivo de �tomar el poder del Estado� por sobre todos los dem�s objetivos
      de un programa comunista, lo cual explica, hoy, el car�cter reactivo,
      electoralista y oportunista de la izquierda en general. No eludimos el
      problema, lo formulamos as�: en lugar de ocupar el Estado tal cual est�,
      hay que ocuparse de la naturaleza del poder del Estado como relaci�n de
      clases. Mientras no se afronte este problema, toda la izquierda seguir�
      siendo t�cticamente �progre�: la burgues�a estatiza el 51% de YPF, la
      izquierda exige el 100%; los avatares del capital refuerzan los
      nacionalismos, la izquierda se suma al reclamo por las Falkland Islands;
      los trenes que transportan fuerza de trabajo para la acumulaci�n
      capitalista colapsan, la izquierda exige el control obrero. La izquierda en
      general busca, as�, mejoras progresivas dentro del sistema y punto.
      Estrat�gicamente, ha perdido de vista el objetivo de suprimir la relaci�n
      social capitalista y dedica todos sus esfuerzos a cumplir, apenas,
      objetivos t�cticos que se confunden con la disputa medi�tica de la agenda
      burguesa. Una lucha que se manifiesta, adem�s, escindida: lucha econ�mica
      en los sindicatos, lucha pol�tica en el Estado (cuando no lucha
      organizativa entre organizaciones de izquierda). As�, la izquierda habla
      casi �nicamente la lengua de los explotadores: al pelear por �puestos de
      trabajo� diluye los problemas que implica la �venta de la fuerza de
      trabajo�; al pelear por �igualdad de derechos� minimiza que no hay derecho
      conquistado que no sea �resistencia muerta�; al pelear por votos en las
      elecciones refuerza la estructura pol�tica de la dominaci�n de clase.

      Mientras nuestro deseo se mantenga en los l�mites de la vida
      burguesa �trabajo, salud, educaci�n, seguridad, vacaciones, jubilaci�n� no
      habr� mejora en las condiciones para la lucha anticapitalista por m�s
      elementos defensivos y pasajeros que obtengamos en las condiciones de vida
      cotidiana de algunos. Se nos dir� que planteamos insuficiencia en las
      condiciones subjetivas para la revoluci�n. S�. Es ineludible la tarea de
      darnos la lucha en el plano ideol�gico y te�rico, tambi�n. Y no s�lo eso.
      Porque el objeto de nuestra cr�tica es de una naturaleza extremadamente
      hostil a la racionalizaci�n:



      En el terreno de la econom�a pol�tica, la investigaci�n cient�fica libre
      encuentra no s�lo al mismo enemigo que en todas las dem�s esferas. La
      naturaleza particular de la materia que trata levanta contra ella, en el
      campo de batalla, las pasiones m�s violentas, mezquinas y odiosas del
      coraz�n humano, las furias del inter�s privado. La Alta Iglesia de
      Inglaterra, por ejemplo, perdonar� antes el ataque contra 38 de sus 39
      art�culos de fe que contra 1/39 de sus ingresos.[2]



      Si la Iglesia es capaz de entregar 38/39 partes de su fe, pero no es capaz
      de entregar 1/39 partes de sus ingresos, ocurre porque la naturaleza
      peculiar de la relaci�n capitalista es tan poderosa que puede socavar
      inclusive los pilares de una instituci�n que se sostiene en algo tan
      irracional como la fe. As�, pareciera que la ley del valor-trabajo se
      agitara en el mismo hemisferio de sombra en que se empapa lo irracional. No
      obstante, el equivalente en dinero de 1/39 de ingresos se obtiene
      sencillamente, cortando el nudo metaf�sico con la calculadora. De manera
      tal que no hay falsa conciencia de la realidad: la conciencia capitalista
      es tan real como racional. Es conciencia verdadera, pero de un movimiento
      objetivo aparente: la *forma *del valor, esa producci�n social tan
      hist�ricamente determinada, es, en tanto expresi�n de una �objetividad
      espectral�, tan espectral como objetiva. El valor no es una propiedad
      f�sica ni qu�mica, es �simple gelatina de trabajo humano indiferenciado�,
      no tiene un solo �tomo de substancia natural... *Eppur si muove!* Porque
      una vez puesta en pr�cticas sociales la relaci�n que funda el modo de vida
      burgu�s, el resto �sale con fritas�.

      El problema, entonces, trajina un plano que no es f�cilmente
      traducible a t�rminos cl�sicos. Mejor dicho: no es f�cilmente traducible a
      las lecturas hegem�nicas de los t�rminos cl�sicos. Evidentemente, no basta
      con *saber* c�mo nos relacionamos para que nos relacionemos de otra manera.
      [3] Hay que transformar las relaciones en la pr�ctica misma, comenzando por
      las organizaciones de la clase trabajadora y pasando por la cr�tica de la
      vida cotidiana y de todas las formas de opresi�n y explotaci�n. La ley del
      valor-trabajo como un todo capitalista no opera �nicamente en el
      intercambio mercantil, sino tambi�n en el contenido y la forma de las
      relaciones sociales mediante las cuales objetivamos y subjetivamos el
      sistema capitalista todos los *santos* d�as. Desear o no desear la
      explotaci�n... *That�s the question.*



      *III*



      En los �ltimos ochenta a�os, algo falla en el esquema que postula como
      condici�n de la revoluci�n la coincidencia de los �factores objetivos�
      (agudizaci�n de la contradicci�n entre el desarrollo de las fuerzas
      productivas y las relaciones de producci�n) y los �factores subjetivos�
      (autoconciencia proletaria de sus intereses de clase y autoorganizaci�n
      pol�tica). Esta �madurez social�, subjetiva, superestructural (el paso de
      la conciencia en s� a la conciencia para s�), no parece realizarse
      efectivamente (al menos, si observamos la alegr�a generalizada con el
      sistema capitalista), al tiempo que aquella �madurez hist�rica�, objetiva,
      infraestructural, no cesa de ampliarse y profundizarse (al menos, si
      observamos que ya no queda en el mundo un modo de producci�n alternativo al
      capitalismo).

      Uno que advirti� esto �hace ochenta a�os, justamente� fue
      disc�pulo de Sigmund Freud: el condenado Wilhelm Reich. Atormentado por el
      ascenso del fascismo en Europa, se preguntaba c�mo la clase social que
      ten�a intereses objetivos puestos en la revoluci�n pod�a apoyar subjetiva y
      fervorosamente a sus m�s dogm�ticos explotadores. La izquierda org�nica
      recurr�a al siempre a mano comod�n del enga�o ideol�gico: �es la falsa
      conciencia, est�pidos�. Pero las consignas �cient�ficamente� redactadas por
      el Partido no provocaban en las masas pauperizadas el efecto esclarecedor
      esperado. En su lugar, la hip�tesis de Reich era intolerable: *No, las
      masas no fueron enga�adas; ellas desearon el fascismo*. Por su parte, la
      funeraria experiencia de los �socialismos reales� exig�a pensar, tambi�n,
      que no era suficiente �o, acaso e incluso, que no era posible� una
      revoluci�n realizada �nicamente en el plano de la conciencia. Saturadas de
      abandonos y confidencias embalsamadas, esas inquietudes cr�ticas orientadas
      por un proyecto emancipador perecieron bajo el peso del m�gico mundo de
      Disney: tras la Segunda Guerra, el asedio constante de la amenaza roja
      (��Medios de producci�n y GULAG para todos y todas!�) fue contenido tras
      los muros psicod�licos del Estado de Bienestar. Ya no importaba qu� hab�an
      deseado las masas antes de desear el exterminio at�mico de la humanidad.
      Ahora, al fin, imperaba la consigna ��Sexo, drogas, rock&roll... y General
      Electric!�.

      Pero �hay que reconocerlo� como esto compon�a la
      experiencia y el paisaje cotidianos de una exclusiva, excluyente y
      minoritaria porci�n de la poblaci�n mundial, los esp�ritus bienpensantes
      arrojados al mundo de esa abundancia existencial �en Europa central y en
      los Estados Unidos� dirig�an sus esperanzas revolucionarias hacia los
      proletarios del �tercer mundo�. Esas esperanzas (que el mercado editorial
      se encarg� de hacer llegar �just in time�) supon�an el esquema de
      infraestructura y superestructura que ment�bamos hace un rato: �si con las
      condiciones objetivas dadas �reflexionaba el alma bella y autoflagelante�
      construimos Auschwitz-Birkenau y destruimos Hiroshima-Nagasaki, ahora, que
      vivimos fascinados con Freud, Keynes y The Beatles... Va a ser dif�cil que
      el chancho chifle�...

      ...y en eso lleg� el Mayo Franc�s. Hasta Castoriadis, quien
      acababa de clausurar �tras 20 a�os de labor colectiva y militante� la
      experiencia *Socialisme ou barbarie* porque �no pasaba naranja�[4], celebr�
      el episodio afirmando: �cualquiera que sea su continuaci�n, Mayo del 68 ha
      abierto un nuevo per�odo de la historia universal�[5].

      �C�mo pudo ocurrir que, en las confortables y bohemias
      condiciones de la *fl�nerie* propiciada, las masas arrancaran adoquines de
      las calles con fines mucho menos po�ticos que observar si debajo estaba la
      playa?[6] Y, m�s tarde, cuando result� que �Nuestra Comuna del 10 de mayo�
      dur� menos que la de 1871... esta otra pregunta: �C�mo pudo ocurrir que las
      principales organizaciones de izquierda colaboraran tan exitosamente con el
      fracaso de la �revoluci�n anticipada�? Ambas preguntas (c�mo puede haber
      rebeli�n en condiciones de sufrimiento amortiguado y c�mo puede haber
      conservaci�n del orden desde la organizaci�n revolucionaria) se�alaban �y
      se�alan a�n� un d�ficit te�rico del marxismo (al menos, del marxismo tal
      como nos ha sido legado por la tradici�n hegem�nica): la opacidad
      constitutiva de las relaciones humanas, los v�nculos y los hiatos entre
      deseo e inter�s, la problem�tica del inconciente.

      Por eso decimos que, en la medida en que no haya un deseo
      masivo de destruir el capitalismo, seguir� habiendo capitalismo. Por lo
      tanto, una de nuestras tareas primordiales es el trabajo pol�tico relativo
      a las formas de organizaci�n, en las pr�cticas mismas, porque all� se juega
      lo impensado constitutivo de la subjetividad. Si el contenido ideol�gico de
      una agrupaci�n pol�tica es el resumen conciente de esa agrupaci�n, la forma
      en que se organiza esa agrupaci�n es un �ndice de su inconciente. Esta
      analog�a conceptual �que es tambi�n una hip�tesis de trabajo� expone la
      raz�n principal del *dossier* que presentamos en este n�mero.

      Eso s�: ni renegamos del marxismo ni pretendemos resucitar
      el freudismo. (Y algo llamado �freudo-marxismo� nos merece opinar
      nietzscheanamente: una palabra abominable para denominar algo igualmente
      abominable.) Somos comunistas, no obtusos. Decimos que, mientras haya
      capitalismo, *El Capital (Cr�tica de la econom�a pol�tica)* es y ser� la
      obra de estudio obligada para quienes aspiramos y aspiremos a
      interpretar-transformar, en sentido emancipatorio, la realidad. *Y adem�s*...
      decimos que esa obra es necesaria e insuficiente, finita. La �objetividad
      espectral� del *valor* nos exige pensar esa mixtura fantasmal y c�sica,
      �suprasensible� y sensible, m�gica y natural, metaf�sica y concreta, sobre
      la que se sostiene la l�gica del capital. Porque si las mercanc�as
      �pierden� su *valor* al ser consumidas, quiere decir que lo conservan en la
      medida en que circulan, o bien en la medida en que se reintroducen en el
      ciclo de circulaci�n (lo cual viene a ser lo mismo). Este es el n�cleo duro
      en el que nos encontramos estudiando (sin abandonar las tareas defensivas,
      inmediatas, de la clase trabajadora): el objeto de la producci�n social
      capitalista es la forma del valor �su sustancia es gelatina de trabajo
      humano indiferenciado, una misma objetividad espectral�, o sea, no un
      objeto sino un �objeto espectral�, brillante objeto del deseo capitalista,
      ideal sin ser abstracto y real sin ser actual.



      *IV*



      Dicho todo lo anterior y re-tom�ndolo en la actualidad nacional, percibimos
      -como ocurri� en tantos otros momentos de la historia de los trabajadores-
      que los problemas que nos planteamos mayoritariamente y el modo en que nos
      proponemos abordarlos en poco se corresponde con nuestros intereses de
      clase y en mucho se adecuan a los intereses de quienes nos explotan.

      Uno de los aciertos del kirchnerismo como movimiento
      restaurador de las condiciones capitalistas, luego de la crisis del 2001,
      fue lograr sellar en los trabajadores problemas y soluciones capitalistas
      como si fueran problemas y soluciones de y para los trabajadores. En este
      sentido, todo lo que el kirchnerismo muestra como *logro* de los
      trabajadores, es, en lo sustancial, *logro de y para el capital*, aunque
      estos *logros* puedan generar mejores condiciones transitorias para los
      trabajadores. Nos referimos a los temas que ocupan tanto las cadenas
      nacionales como las tapas de los diarios y los pliegos de reivindicaciones,
      comunicados, boletines y volantes de las organizaciones de los
      trabajadores: los aumentos salariales, la expansi�n de planes sociales, el
      mayor presupuesto educativo, la proliferaci�n de legislaci�n y de
      *gestos*sobre cuestiones como derechos humanos, minor�as, Malvinas,
      etc., el
      crecimientos del PBI y de los super�vits fiscales, los prometidos planes de
      cr�ditos hipotecarios, y las tan mentadas estatizaciones.

      Si bien algunos de estos *logros* en gran medida surgen
      como consecuencia de la lucha de los trabajadores, tiende a devenir
      imperceptible que son consecuencia de luchas defensivas de la clase y no de
      luchas anticapitalistas. En otro nivel del mismo problema, mejoras
      coyunturales en las condiciones de vida de la clase son tomadas como
      conquistas permanentes, actuando como si se desconociera que el capital
      avanzar� sobre ellas por todas las v�as posibles cuando le resulte
      necesario para abaratar la fuerza de trabajo y relanzar la acumulaci�n. En
      la actualidad, hasta el pretendido inconmovible *Estado de
      Bienestar*europeo muestra fisuras en sus pies de barro y amenaza con
      derrumbarse para
      que la relaci�n social capitalista renazca desde las cenizas y escombros
      una y otra vez�

      Las organizaciones de los trabajadores mayoritarias s�lo
      critican los logros burgueses del kirchnerismo en su cantidad (�hay que
      aumentar m�s los salarios hasta llegar al fifti-fifti�) pero no
      cualitativamente: los nuevos-viejos cantos de sirena del capital se les
      presentan como el *non plus ultra*, as� como a la mayor�a de los
      trabajadores. La clase no s�lo no se tapa los o�dos para evitarlos y
      continuar inventando su propio rumbo, sino que baila con su m�sica al ritmo
      del sufragio y el consumo. Continuamos sin advertir como clase que el
      aumento salarial como techo para los programas de los trabajadores oculta
      que el salario es una manifestaci�n m�s de las cadenas que atan a los
      hombres al trabajo alienado, y que no cambian su condici�n opresiva por m�s
      doradas que estas cadenas puedan ser. Por otra parte, los aumentos
      salariales no son s�lo ni fundamentalmente medidas de �voluntad pol�tica�
      de un gobierno que �est� con los trabajadores�, sino simples reflejos
      necesarios del alza del ciclo del capital experimentado en los �ltimos a�os
      en Argentina y de su correspondiente lucha de clases. Los techos a las
      paritarias que vienen de la mano de la �sinton�a fina� tampoco significan
      una *traici�n* a los principios o una repentina falta de voluntad pol�tica,
      sino pura coherencia con los intereses que se defienden desde el Estado,
      cuando se perciben claros indicios de desaceleraci�n econ�mica en el
      contexto de crisis internacional. Por si fuera poco, el crecimiento del
      valor absoluto del salario y de su correlativa capacidad de compra, parece
      embriagar los sentidos para advertir que aument� la desigualdad relativa
      del reparto de la riqueza entre trabajo y capital: de una torta m�s grande,
      cada vez es mayor la tajada para la clase parasitaria.

      Esta l�gica del Estado como capitalista colectivo que
      administra los intereses de la burgues�a es la que promueve las
      estatizaciones de tinte �nacionales y populares�, que en nada favorecen a
      los trabajadores. Desde una perspectiva sist�mica, es necesario que los
      intereses del capital en general prevalezcan a la ganancia de una empresa
      privada en particular. El abastecimiento energ�tico adecuado a las demandas
      de la producci�n nacional est� sobre el usufructo de los hidrocarburos de
      una empresa en particular: estat�cese el 51% de las acciones de YPF. El
      control del ahorro de los trabajadores desde una perspectiva de conjunto,
      est� sobre el usufructo de esos ahorros por un sector particular del
      capital: estat�cense las AFJP. Y as� sucesivamente�

      Y no otra l�gica es la que gest� los aumentos de los planes
      sociales a trabajadores desocupados o de menores ingresos y las pol�ticas
      en educaci�n. La asignaci�n universal por hijo y el eventual aumento del
      presupuesto educativo son manifestaciones de que el capital, con las
      instituciones estatales como su instrumento, intenta garantizar la
      reproducci�n de los trabajadores como clase en condiciones biol�gicas y
      culturales adecuadas a los grados de explotaci�n requeridos por el
      desarrollo actual del capitalismo en Argentina. Es posible rastrear en las
      reformas educativas y sus correspondientes leyes las inflexiones de la
      formaci�n espec�fica que el capital requiri� en distintos momentos de su
      acumulaci�n.

      No creemos ser necios: cada uno de nosotros, miembros del
      colectivo editor de *dial�ktica*, hacemos lo posible en nuestros lugares de
      trabajo por vender nuestra fuerza laboral en las mejores condiciones
      posibles. Y, como no creemos ser necios, al mismo tiempo decimos que luchar
      s�lo por las reformas posibles dentro del capitalismo es necesario, pero no
      es suficiente para un proyecto que intente superar el estado de cosas
      actual. En eso estamos y seguimos� veinte a�os despu�s de nuestro primer
      n�mero�





      *Agosto 2012.*

      *Colectivo de trabajo:*

      Ver�nica L�a Zallocchi, Javier Alejandro Riggio, Mariano Alberto Repossi,

      Florencio Francisco Noceti, Patricio Enrique Mc Cabe, Eduardo Emilio
      Glavich,

      Paula Farinati, Gast�n Falconi, Esteban Virgilio Da R�.



      ------------------------------

      [1] No ignoramos que la sociedad del espect�culo ofrece en los medios de
      comunicaci�n su aspecto apenas restringido. Pero si la comunicaci�n parece
      utilizar a las relaciones sociales como instrumento no es porque �stas sean
      neutras, sino justamente porque la instrumentaci�n es su automovimiento
      total. Si las relaciones humanas tienden a no poder ejercitarse m�s que por
      mediaci�n de la potencia de comunicaci�n instant�nea, �c�mo no ver que esta
      comunicaci�n es esencialmente unilateral, o sea, c�mo no ver que �todo
      fluye�, s�, pero fluye siempre para el mismo lado (burgu�s)?

      [2] Marx, K., *El Capital (Cr�tica de la econom�a pol�tica)*, �Pr�logo a la
      primera edici�n�, trad. Vicente Romano Garc�a, Madrid, Akal, 2000, p. 19.

      [3] �En realidad, el car�cter de valor de los productos del trabajo se
      consolida a trav�s de su actuaci�n como magnitudes de valor. Estas �ltimas
      cambian constantemente, con independencia de la voluntad, la previsi�n y la
      acci�n de quienes los intercambian. Para ellos, su propio movimiento social
      posee la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control se hallan en vez
      de controlarlas ellos. Se requiere una producci�n de mercanc�as enteramente
      desarrollada antes de que nazca de la misma experiencia el conocimiento
      cient�fico de que los trabajos privados, universalmente dependientes unos
      de otros como eslabones de la divisi�n social del trabajo, se reducen
      continuamente a su medida socialmente proporcional, porque en las
      relaciones de cambio, casuales y siempre oscilantes, de sus productos se
      impone a la fuerza, como ley natural reguladora, el tiempo de trabajo
      socialmente necesario para su producci�n, algo as� como se impone la ley de
      la gravedad cuando se derrumba una casa. La determinaci�n de la magnitud de
      valor por el tiempo de trabajo es, pues, un secreto encerrado bajo los
      movimientos aparentes de los valores relativos de las mercanc�as. *Su
      descubrimiento elimina la apariencia de la determinaci�n puramente casual
      de las magnitudes de valor de los productos del trabajo, mas no elimina en
      absoluto su forma objetiva*.� Marx, K., *El Capital (Cr�tica de la econom�a
      pol�tica)*, trad. Vicente Romano Garc�a, Madrid, Akal, 2000, tomo I,
      volumen 1, pp. 106-7. Resaltamos.

      [4] Ver �Socialismo o Barbarie. Apuntes para la cr�nica de una separaci�n
      (�o ser�n varias?)�, *dial�ktica*, a�o xvii, n�mero 20, Buenos Aires,
      primavera 2008, pp. 54-65.

      [5] �La revoluci�n anticipada�, panfleto mimeografiado y difundido entre el
      20 y el 30 de mayo de 1968, en AA.VV., *Mayo del 68: La brecha*, trad.
      Ricardo Figueira, Buenos Aires, Nueva Visi�n, 2009, p. 70.

      [6] El Cordobazo provoc� an�loga perplejidad en los funcionarios del
      onganiato, quienes se preguntaban por qu� los obreros mejor pagos del
      continente armaban semejante quilombo.


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