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Ya salió Dialéktica n° 24! (Veinte años.. . haciendo Filosofía y Teoría social)

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  • Esteban V. Da Ré
    ... De: Revista Dialéktica Asunto: [dialéktica] Ya salió Dialéktica n° 24! (Veinte años... haciendo Filosofía y Teoría social)
    Message 1 of 1 , Sep 30, 2012
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      --- El dom 30-sep-12, Revista Dialéktica <dialektica@...> escribió:

      De: Revista Dialéktica <dialektica@...>
      Asunto: [dialéktica] Ya salió Dialéktica n° 24! (Veinte años... haciendo Filosofía y Teoría social)
      Para: "Revista Dialéktica" <dialektica@...>
      Fecha: domingo, 30 de septiembre de 2012, 10:53

      Agradecemos la difusión de la siguiente gacetilla informativa.


      Ya salió!


      dialéktica

       

      20 años…

      …haciendo filosofía
      y teoría social.

       

       

       

       

       

       

       

       

       

      Precios de venta:

       

      Números 23
      y 24: $15 cada ejemplar.

      Números 19,
      20, 21 y 22: $10 cada ejemplar.

      Ficha
      Memoria Dialéktica: $5.

      Cuatro
      números a elección + Ficha: $40.

      Cinco
      números a elección + Ficha: $50.

       

       

      Puntos de venta:

       

      Facultad de
      Filosofía y Letras (Puán 480), hall del primer piso, de lunes a viernes, de 19
      a 21.

      Facultad de
      Ciencias Sociales (Marcelo T. de Alvear 2230), frente a la Secretaría de
      apuntes del CECSO.

      Librería
      Biblos (Puán 378).

      Fotocopiadora
      El Arca (Puán y Bonifacio).

       

       

       

       

       

       

       Nota editorial del número 24:



      Capital: ese
      brillante objeto del deseo




      (O
      ¿por qué se está tan a gusto con la explotación... propia y ajena?)

       

       

       

       

      Dedicamos este número de dialéktica a quienes luchan,


      teórica y prácticamente, contra
      todas las formas de manifestación

      de la explotación capitalista.

       

       

       

       

       

      I


       

      Veinte años haciendo filosofía y teoría social. No periodismo.


                      Eso
      explica por qué, a diferencia de otras periódicas publicaciones de pensamiento
      crítico y a diferencia de los copiosos órganos de difusión de las agrupaciones
      políticas de izquierda, ni reaccionamos con pronunciamientos ante cada episodio
      de la agenda burguesa ni andamos oliéndole el rastro al Boletín Oficial.

                  Eso
      explica por qué, entre otras cosas, hacemos todo cuanto podemos, desde las
      modestas páginas de dialéktica, por intervenir críticamente en la agenda de los trabajadores
      –entre quienes nos contamos– y en la agenda de las organizaciones de los
      trabajadores –en las que participamos–. Para eso asumimos el desafío de no
      dejarnos aturdir por la industriosa vorágine de «novedades» con que la
      burguesía formatea nuestra experiencia cotidiana. Un desafío que posiblemente
      exceda nuestras capacidades (de otro modo, ¿qué clase de desafío sería?)[1], pero en esto estriba para
      nosotros, justamente, hacer filosofía y teoría social con el fin de impulsar y
      favorecer la autoorganización proletaria sobre bases verdaderas.

                  La
      serie completa de editoriales de dialéktica
      da cuenta –casi hasta el hartazgo– de nuestro punto de partida epistemológico y
      político: nos interesa abordar la relación entre las partes y el todo social –y
      no tomar una parte (por ejemplo, algunos años del capitalismo en Argentina)
      como si fuera el todo–; pretendemos retomar, reformular, impulsar teorías y
      prácticas democráticas –fundidas en el crisol de la autonomía y la autogestión–
      para intentar conjurar la heteronomía estructural de toda sociedad que se
      sustente en la escisión entre dirigentes y ejecutantes; partimos de entender
      como causa fundamental de los problemas sociales contemporáneos el antagonismo
      irreconciliable entre el capital y el trabajo e intentamos adoptar la
      perspectiva de nuestra clase en tanto trabajadores para abordar estos
      problemas; apostamos por la posibilidad de la humanidad social y no por
      reforzar la igualdad formal de los celestiales derechos burgueses que encubren
      las frías y siniestras cadenas de la terrenal desigualdad real.

                  Nos
      apoyamos, pues, en aquella serie completa para retomar hoy esta pregunta
      fundamental de la filosofía política, ya pronunciada por Etienne De La Boétie y
      por Baruch Spinoza: ¿por qué los seres humanos luchamos por nuestra esclavitud
      como si lucháramos por nuestra libertad? ¿Por qué deseamos la explotación, la
      humillación, la miseria, tanto ajena como propia? En condiciones
      específicamente capitalistas, nuestra pregunta es: ¿por qué las masas estamos
      contentas con el capitalismo, por qué casi nadie proyecta otra relación con la
      producción, otra relación con el tiempo, otra relación con sus semejantes?

                  Tenemos
      algunas notas para un diagnóstico de este deseo capitalista generalizado.
      Esperamos que sirvan para provocar el debate y alentar la autoorganización de
      la clase trabajadora contra el capital y su correlativo Estado.

       

      II

       

      Y si de diagnóstico de las masas hablamos, comencemos por una
      patología histórica: el estadocentrismo, enfermedad infantil del progresismo.
      Desde que el proletariado ha engendrado sus propias organizaciones prevalece el
      objetivo de «tomar el poder del Estado» por sobre todos los demás objetivos de
      un programa comunista, lo cual explica, hoy, el carácter reactivo,
      electoralista y oportunista de la izquierda en general. No eludimos el
      problema, lo formulamos así: en lugar de ocupar el Estado tal cual está, hay
      que ocuparse de la naturaleza del poder del Estado como relación de clases.
      Mientras no se afronte este problema, toda la izquierda seguirá siendo
      tácticamente «progre»: la burguesía estatiza el 51% de YPF, la izquierda exige
      el 100%; los avatares del capital refuerzan los nacionalismos, la izquierda se
      suma al reclamo por las Falkland Islands; los trenes que transportan fuerza de
      trabajo para la acumulación capitalista colapsan, la izquierda exige el control
      obrero. La izquierda en general busca, así, mejoras progresivas dentro del
      sistema y punto. Estratégicamente, ha perdido de vista el objetivo de suprimir
      la relación social capitalista y dedica todos sus esfuerzos a cumplir, apenas,
      objetivos tácticos que se confunden con la disputa mediática de la agenda
      burguesa. Una lucha que se manifiesta, además, escindida: lucha económica en
      los sindicatos, lucha política en el Estado (cuando no lucha organizativa entre
      organizaciones de izquierda). Así, la izquierda habla casi únicamente la lengua
      de los explotadores: al pelear por «puestos de trabajo» diluye los problemas
      que implica la «venta de la fuerza de trabajo»; al pelear por «igualdad de
      derechos» minimiza que no hay derecho conquistado que no sea «resistencia
      muerta»; al pelear por votos en las elecciones refuerza la estructura política
      de la dominación de clase.

                  Mientras
      nuestro deseo se mantenga en los límites de la vida burguesa –trabajo, salud,
      educación, seguridad, vacaciones, jubilación– no habrá mejora en las
      condiciones para la lucha anticapitalista por más elementos defensivos y
      pasajeros que obtengamos en las condiciones de vida cotidiana de algunos. Se
      nos dirá que planteamos insuficiencia en las condiciones subjetivas para la
      revolución. Sí. Es ineludible la tarea de darnos la lucha en el plano
      ideológico y teórico, también. Y no sólo eso. Porque el objeto de nuestra
      crítica es de una naturaleza extremadamente hostil a la racionalización:

       

      En el terreno de la economía política, la
      investigación científica libre encuentra no sólo al mismo enemigo que en todas
      las demás esferas. La naturaleza particular de la materia que trata levanta
      contra ella, en el campo de batalla, las pasiones más violentas, mezquinas y
      odiosas del corazón humano, las furias del interés privado. La Alta Iglesia de
      Inglaterra, por ejemplo, perdonará antes el ataque contra 38 de sus 39
      artículos de fe que contra 1/39 de sus ingresos.[2]


       

      Si la Iglesia es capaz de entregar 38/39 partes de su fe, pero
      no es capaz de entregar 1/39 partes de sus ingresos, ocurre porque la
      naturaleza peculiar de la relación capitalista es tan poderosa que puede
      socavar inclusive los pilares de una institución que se sostiene en algo tan
      irracional como la fe. Así, pareciera que la ley del valor-trabajo se agitara
      en el mismo hemisferio de sombra en que se empapa lo irracional. No obstante,
      el equivalente en dinero de 1/39 de ingresos se obtiene sencillamente, cortando
      el nudo metafísico con la calculadora. De manera tal que no hay falsa
      conciencia de la realidad: la conciencia capitalista es tan real como racional.
      Es conciencia verdadera, pero de un movimiento objetivo aparente: la forma del
      valor, esa producción social tan históricamente determinada, es, en tanto
      expresión de una «objetividad espectral», tan espectral como objetiva. El valor
      no es una propiedad física ni química, es «simple gelatina de trabajo humano
      indiferenciado», no tiene un solo átomo de substancia natural... Eppur si
      muove! Porque una vez puesta en prácticas sociales la relación que funda el
      modo de vida burgués, el resto «sale con fritas».

                  El
      problema, entonces, trajina un plano que no es fácilmente traducible a términos
      clásicos. Mejor dicho: no es fácilmente traducible a las lecturas hegemónicas
      de los términos clásicos.  Evidentemente,
      no basta con saber cómo nos relacionamos para que nos relacionemos de
      otra manera.[3]
      Hay que transformar las relaciones en la práctica misma, comenzando por las
      organizaciones de la clase trabajadora y pasando por la crítica de la vida
      cotidiana y de todas las formas de opresión y explotación. La ley del
      valor-trabajo como un todo capitalista no opera únicamente en el intercambio
      mercantil, sino también en el contenido y la forma de las relaciones sociales
      mediante las cuales objetivamos y subjetivamos el sistema capitalista todos los
      santos días. Desear o no desear la explotación... That’s the
      question.

       

      III

       

      En los últimos ochenta años, algo falla en el esquema que
      postula como condición de la revolución la coincidencia de los «factores
      objetivos» (agudización de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas
      productivas y las relaciones de producción) y los «factores subjetivos»
      (autoconciencia proletaria de sus intereses de clase y autoorganización
      política). Esta «madurez social», subjetiva, superestructural (el paso de la
      conciencia en sí a la conciencia para sí), no parece realizarse efectivamente (al
      menos, si observamos la alegría generalizada con el sistema capitalista), al
      tiempo que aquella «madurez histórica», objetiva, infraestructural, no cesa de
      ampliarse y profundizarse (al menos, si observamos que ya no queda en el mundo
      un modo de producción alternativo al capitalismo).

                      Uno que advirtió esto –hace ochenta años, justamente– fue
      discípulo de Sigmund Freud: el condenado Wilhelm Reich. Atormentado por el
      ascenso del fascismo en Europa, se preguntaba cómo la clase social que tenía
      intereses objetivos puestos en la revolución podía apoyar subjetiva y
      fervorosamente a sus más dogmáticos explotadores. La izquierda orgánica
      recurría al siempre a mano comodín del engaño ideológico: «es la falsa
      conciencia, estúpidos». Pero las consignas «científicamente» redactadas por el
      Partido no provocaban en las masas pauperizadas el efecto esclarecedor
      esperado. En su lugar, la hipótesis de Reich era intolerable: No, las masas
      no fueron engañadas; ellas desearon el fascismo. Por su parte, la funeraria
      experiencia de los «socialismos reales» exigía pensar, también, que no era
      suficiente –o, acaso e incluso, que no era posible– una revolución realizada
      únicamente en el plano de la conciencia. Saturadas de abandonos y confidencias
      embalsamadas, esas inquietudes críticas orientadas por un proyecto emancipador
      perecieron bajo el peso del mágico mundo de Disney: tras la Segunda Guerra, el
      asedio constante de la amenaza roja («¡Medios de producción y GULAG para todos
      y todas!») fue contenido tras los muros psicodélicos del Estado de Bienestar.
      Ya no importaba qué habían deseado las masas antes de desear el exterminio
      atómico de la humanidad. Ahora, al fin, imperaba la consigna «¡Sexo, drogas,
      rock&roll... y  General Electric!».

                      Pero –hay que reconocerlo– como esto componía la experiencia y
      el paisaje cotidianos de una exclusiva, excluyente y minoritaria porción de la
      población mundial, los espíritus bienpensantes arrojados al mundo de esa
      abundancia existencial –en Europa central y en los Estados Unidos– dirigían sus
      esperanzas revolucionarias hacia los proletarios del «tercer mundo». Esas
      esperanzas (que el mercado editorial se encargó de hacer llegar «just in time»)
      suponían el esquema de infraestructura y superestructura que mentábamos hace un
      rato: «si con las condiciones objetivas dadas –reflexionaba el alma bella y
      autoflagelante– construimos Auschwitz-Birkenau y destruimos Hiroshima-Nagasaki,
      ahora, que vivimos fascinados con Freud, Keynes y The Beatles... Va a ser
      difícil que el chancho chifle»...

                      ...y en eso llegó el Mayo Francés. Hasta Castoriadis, quien
      acababa de clausurar –tras 20 años de labor colectiva y militante– la
      experiencia Socialisme ou barbarie porque «no pasaba naranja»[4], celebró el episodio
      afirmando: «cualquiera que sea su continuación, Mayo del 68 ha abierto un nuevo
      período de la historia universal»[5].


                      ¿Cómo pudo
      ocurrir que, en las confortables y bohemias condiciones de la flânerie
      propiciada, las masas arrancaran adoquines de las calles con fines mucho menos
      poéticos que observar si debajo estaba la playa?[6] Y, más tarde, cuando
      resultó que «Nuestra Comuna del 10 de mayo» duró menos que la de 1871... esta
      otra pregunta: ¿Cómo pudo ocurrir que las principales organizaciones de
      izquierda colaboraran tan exitosamente con el fracaso de la «revolución
      anticipada»? Ambas preguntas (cómo puede haber rebelión en condiciones de
      sufrimiento amortiguado y cómo puede haber conservación del orden desde la
      organización revolucionaria) señalaban –y señalan aún– un déficit teórico del
      marxismo (al menos, del marxismo tal como nos ha sido legado por la tradición
      hegemónica): la opacidad constitutiva de las relaciones humanas, los vínculos y
      los hiatos entre deseo e interés, la problemática del inconciente.

                      Por eso
      decimos que, en la medida en que no haya un deseo masivo de destruir el
      capitalismo, seguirá habiendo capitalismo. Por lo tanto, una de nuestras tareas
      primordiales es el trabajo político relativo a las formas de organización, en
      las prácticas mismas, porque allí se juega lo impensado constitutivo de la
      subjetividad. Si el contenido ideológico de una agrupación política es el
      resumen conciente de esa agrupación, la forma en que se organiza esa agrupación
      es un índice de su inconciente. Esta analogía conceptual –que es también una
      hipótesis de trabajo– expone la razón principal del dossier que
      presentamos en este número.

                      Eso sí: ni renegamos del marxismo ni pretendemos resucitar el
      freudismo. (Y algo llamado «freudo-marxismo» nos merece opinar
      nietzscheanamente: una palabra abominable para denominar algo igualmente
      abominable.) Somos comunistas, no obtusos. Decimos que, mientras haya
      capitalismo, El Capital (Crítica de la economía política) es y será la
      obra de estudio obligada para quienes aspiramos y aspiremos a
      interpretar-transformar, en sentido emancipatorio, la realidad. Y además...
      decimos que esa obra es necesaria e insuficiente, finita. La «objetividad
      espectral» del valor nos exige pensar esa mixtura fantasmal y cósica,
      «suprasensible» y sensible, mágica y natural, metafísica y concreta, sobre la
      que se sostiene la lógica del capital. Porque si las mercancías «pierden» su valor
      al ser consumidas, quiere decir que lo conservan en la medida en que circulan,
      o bien en la medida en que se reintroducen en el ciclo de circulación (lo cual
      viene a ser lo mismo). Este es el núcleo duro en el que nos encontramos
      estudiando (sin abandonar las tareas defensivas, inmediatas, de la clase
      trabajadora): el objeto de la producción social capitalista es la forma del
      valor –su sustancia es gelatina de trabajo humano indiferenciado, una misma
      objetividad espectral–, o sea, no un objeto sino un «objeto espectral»,
      brillante objeto del deseo capitalista, ideal sin ser abstracto y real sin ser
      actual.

       

      IV


       

      Dicho todo lo anterior y re-tomándolo en la actualidad
      nacional, percibimos -como ocurrió en tantos otros momentos de la historia de
      los trabajadores- que los problemas que nos planteamos mayoritariamente y el
      modo en que nos proponemos abordarlos en poco se corresponde con nuestros
      intereses de clase y en mucho se adecuan a los intereses de quienes nos explotan.

                      Uno de los aciertos del kirchnerismo como movimiento
      restaurador de las condiciones capitalistas, luego de la crisis del 2001, fue
      lograr sellar en los trabajadores problemas y soluciones capitalistas como si
      fueran problemas y soluciones de y para los trabajadores. En este sentido, todo
      lo que el kirchnerismo muestra como logro de los trabajadores, es, en lo
      sustancial, logro de y para el capital, aunque estos logros
      puedan generar mejores condiciones transitorias para los trabajadores. Nos referimos
      a los temas que ocupan tanto las cadenas nacionales como las tapas de los
      diarios y los pliegos de reivindicaciones, comunicados, boletines y volantes de
      las organizaciones de los trabajadores: los aumentos salariales, la expansión
      de planes sociales, el mayor presupuesto educativo, la proliferación de
      legislación y de gestos sobre cuestiones como derechos humanos,
      minorías, Malvinas, etc., el crecimientos del PBI y de los superávits fiscales,
      los prometidos planes de créditos hipotecarios, y las tan mentadas
      estatizaciones.

                      Si bien algunos de estos logros en gran medida surgen
      como consecuencia de la lucha de los trabajadores, tiende a devenir
      imperceptible que son consecuencia de luchas defensivas de la clase y no de
      luchas anticapitalistas. En otro nivel del mismo problema, mejoras coyunturales
      en las condiciones de vida de la clase son tomadas como conquistas permanentes,
      actuando como si se desconociera que el capital avanzará sobre ellas por todas
      las vías posibles cuando le resulte necesario para abaratar la fuerza de
      trabajo y relanzar la acumulación. En la actualidad, hasta el pretendido
      inconmovible Estado de Bienestar europeo muestra fisuras en sus pies de
      barro y amenaza con derrumbarse para que la relación social capitalista renazca
      desde las cenizas y escombros una y otra vez…

                      Las organizaciones de los trabajadores mayoritarias sólo
      critican los logros burgueses del kirchnerismo en su cantidad («hay que
      aumentar más los salarios hasta llegar al fifti-fifti») pero no  cualitativamente: los nuevos-viejos cantos de
      sirena del capital se les presentan como el non plus ultra, así como a
      la mayoría de los trabajadores. La clase no sólo no se tapa los oídos para
      evitarlos y continuar inventando su propio rumbo, sino que baila con su música
      al ritmo del sufragio y el consumo. Continuamos sin advertir como clase que el
      aumento salarial como techo para los programas de los trabajadores oculta que
      el salario es una manifestación más de las cadenas que atan a los hombres al
      trabajo alienado, y que no cambian su condición opresiva por más doradas que
      estas cadenas puedan ser. Por otra parte, los aumentos salariales no son sólo
      ni fundamentalmente medidas de «voluntad política» de un gobierno que «está con
      los trabajadores», sino simples reflejos necesarios del alza del ciclo del
      capital experimentado en los últimos años en Argentina y de su correspondiente
      lucha de clases. Los techos a las paritarias que vienen de la mano de la
      «sintonía fina» tampoco significan una traición a los principios o una
      repentina falta de voluntad política, sino pura coherencia con los intereses
      que se defienden desde el Estado, cuando se perciben claros indicios de
      desaceleración económica en el contexto de crisis internacional. Por si fuera
      poco, el crecimiento del valor absoluto del salario y de su correlativa
      capacidad de compra, parece embriagar los sentidos para advertir que aumentó la
      desigualdad relativa del reparto de la riqueza entre trabajo y capital: de una
      torta más grande, cada vez es mayor la tajada para la clase parasitaria.

                      Esta lógica del Estado como capitalista colectivo que
      administra los intereses de la burguesía es la que promueve las estatizaciones
      de tinte «nacionales y populares», que en nada favorecen a los trabajadores.
      Desde una perspectiva sistémica, es necesario que los intereses del capital en
      general prevalezcan a la ganancia de una empresa privada en particular. El
      abastecimiento energético adecuado a las demandas de la producción nacional
      está sobre el usufructo de los hidrocarburos de una empresa en particular:
      estatícese el 51% de las acciones de YPF. El control del ahorro de los
      trabajadores desde una perspectiva de conjunto, está sobre el usufructo de esos
      ahorros por un sector particular del capital: estatícense las AFJP. Y así
      sucesivamente…

                      Y no otra
      lógica es la que gestó los aumentos de los planes sociales a trabajadores
      desocupados o de menores ingresos y las políticas en educación. La asignación
      universal por hijo y el eventual aumento del presupuesto educativo son
      manifestaciones de que el capital, con las instituciones estatales como su
      instrumento, intenta garantizar la reproducción de los trabajadores como clase
      en condiciones biológicas y culturales adecuadas a los grados de explotación
      requeridos por el desarrollo actual del capitalismo en Argentina. Es posible
      rastrear en las reformas educativas y sus correspondientes leyes las
      inflexiones de la formación específica que el capital requirió en distintos
      momentos de su acumulación.

                      No creemos ser necios: cada uno de nosotros, miembros del
      colectivo editor de dialéktica, hacemos lo posible en nuestros lugares de trabajo por vender
      nuestra fuerza laboral en las mejores condiciones posibles. Y, como no creemos
      ser necios, al mismo tiempo decimos que luchar sólo por las reformas posibles dentro
      del capitalismo es necesario, pero no es suficiente para un proyecto que
      intente superar el estado de cosas actual. En eso estamos y seguimos… veinte
      años después de nuestro primer número…

       

       

      Agosto 2012.
      Colectivo de trabajo:Verónica Lía Zallocchi, Javier
      Alejandro Riggio, Mariano Alberto Repossi,Florencio Francisco Noceti, Patricio
      Enrique Mc Cabe, Eduardo Emilio Glavich,Paula Farinati, Gastón Falconi, Esteban
      Virgilio Da Ré.











      [1] No
      ignoramos que la sociedad del espectáculo ofrece en los medios de comunicación
      su aspecto apenas restringido. Pero si la comunicación parece utilizar a las
      relaciones sociales como instrumento no es porque éstas sean neutras, sino
      justamente porque la instrumentación es su automovimiento total. Si las
      relaciones humanas tienden a no poder ejercitarse más que por mediación de la
      potencia de comunicación instantánea, ¿cómo no ver que esta comunicación es
      esencialmente unilateral, o sea, cómo no ver que «todo fluye», sí, pero fluye
      siempre para el mismo lado (burgués)?





      [2] Marx, K., El
      Capital (Crítica de la economía política), «Prólogo a la
      primera edición», trad. Vicente Romano García, Madrid, Akal, 2000, p. 19.





      [3] «En
      realidad, el carácter de valor de los productos del trabajo se consolida a
      través de su actuación como magnitudes de valor. Estas últimas cambian
      constantemente, con independencia de la voluntad, la previsión y la acción de
      quienes los intercambian. Para ellos, su propio movimiento social posee la
      forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control se hallan en vez de
      controlarlas ellos. Se requiere una producción de mercancías enteramente
      desarrollada antes de que nazca de la misma experiencia el conocimiento
      científico de que los trabajos privados, universalmente dependientes unos de
      otros como eslabones de la división social del trabajo, se reducen
      continuamente a su medida socialmente proporcional, porque en las relaciones de
      cambio, casuales y siempre oscilantes, de sus productos se impone a la fuerza,
      como ley natural reguladora, el tiempo de trabajo socialmente necesario para su
      producción, algo así como se impone la ley de la gravedad cuando se derrumba
      una casa. La determinación de la magnitud de valor por el tiempo de trabajo es,
      pues, un secreto encerrado bajo los movimientos aparentes de los valores
      relativos de las mercancías. Su descubrimiento elimina la apariencia de la
      determinación puramente casual de las magnitudes de valor de los productos del
      trabajo, mas no elimina en absoluto su forma objetiva.» Marx, K., El Capital (Crítica de la
      economía política), trad. Vicente Romano García, Madrid, Akal, 2000, tomo
      I, volumen 1, pp. 106-7. Resaltamos.





      [4] Ver
      «Socialismo o Barbarie. Apuntes para la crónica de una separación (¿o serán
      varias?)», dialéktica, año xvii,
      número 20, Buenos Aires, primavera 2008, pp. 54-65.





      [5] «La
      revolución anticipada», panfleto mimeografiado y difundido entre el 20 y el 30
      de mayo de 1968, en AA.VV., Mayo del 68: La brecha, trad. Ricardo
      Figueira, Buenos Aires, Nueva Visión, 2009, p. 70.





      [6] El
      Cordobazo provocó análoga perplejidad en los funcionarios del onganiato,
      quienes se preguntaban por qué los obreros mejor pagos del continente armaban
      semejante quilombo.


















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