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Un sueño realizado

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    Gente: Me sumo a la lista del benemérito Augusto Trombetta. Es un orgullo para mí poder acercar en mi primera intervención un texto excelente del señor
    Message 1 of 1 , Dec 31, 2001
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      Gente:

      Me sumo a la lista del benemérito Augusto Trombetta. Es un orgullo
      para mí poder acercar en mi primera intervención un texto excelente
      del señor Juan Carlos Onetti. Lo pego porque no sé cómo se adjuntan
      archivos aquí.
      Hasta luego

      Un sueño realizado

      La broma la había inventando Blanes—venía a mi despacho—en los
      tiempos en que yo tenía des-pacho y al café cuando las cosas iban
      mal y había dejado de tenerlo— y parado sobre la alfombra, con un
      puño apoyado en el escritorio, la corbata de lindos colores sujeta a
      la camisa con un broche de oro y aquella cabeza—cuadrada, afcitada,
      con ojos oscuros que no podían sostener la atención más de un minuto
      y se aflojaban en seguida como si Blanes estuviera a punto de
      dormirse o recordara algún momento limpio y sentimental de su vida
      que, desde luego, nunca había podido tener—, aque-lla cabeza sin una
      sola partícula superflua alzada contra la pared cubierta de retratos
      y carteles, me dejaba hablar y comentaba redondeando la boca:
      —Porque usted, naturalmente, se arruinó dando el Hamlet—. O
      también: —Sí, ya sabemos. Se ha sacrificado siempre por el arte y si
      no fuera por su enloquecido amor por el Hamlet...
      Y yo me pasé todo ese montón de años aguantando tanta miserable
      gente, autores y actores y actrices y dueños de teatro y críticos de
      los diarios y la familia, los amigos y los amantes de todos ellos,
      todo ese tiempo perdiendo y ganando un dinero que Dios y yo sabíamos
      que era necesario que volviera a perder en la próxima temporada, con
      aquella gota de agua en la cabeza pelada, aquel puño en las
      costillas, aquel trago agridulce, aquella burla no comprendida del
      todo de Blanes:
      —Sí, claro. Las locuras a que lo ha llevado su desmedido amor por
      Hamlet...
      Si la primera vez le hubiera preguntado por el sentido de aquello,
      si le hubiera confesado que sabía tanto del Hamlet como de conocer
      el dinero que puede dar una comedia desde su primera lectura, se
      habría acabado el chiste. Pero tuve miedo a la multitud de bromas no
      nacidas que haría saltar mi pregunta y solo hice una mueca y lo
      mandé a paseo. Y así fue que pude vivir los veinte años sin saber
      qué era el Hamlet, sin haberlo leído, pero sabiendo, por la
      intención que veía en la cara y el balanceo de la cabeza de Blanes,
      que el Hamlet era el arte, el arte puro, el gran arte, y sabiendo
      también, porque me fui empapando de eso sin darme cuenta, que era
      además un actor o una actriz, en este caso siempre una actriz con
      caderas ridículas, vestido de negro con ropas ajustadas, una
      calavera, un cementerio, un duelo, una venganza, una muchachita que
      se ahoga. Y también W. Shakespeare.
      Por eso, cuando ahora, solo ahora, con una peluca rubia peinada al
      medio que prefiero no sacarme para dormir, una dentadura que nunca
      logró venirme bien del todo y que me hace silbar y hablar con mimo,
      me encontré en la biblioteca de este asilo para gente de teatro
      arruinada al que dan un nombre más presentable, aquel libro tan
      pequeño encuadernado en azul oscuro donde había unas hundidas letras
      doradas que decían Hantlet, me senté en un sillón sin abrir el
      libro, resuelto a no abrir nunca el libro y a no leer una sola
      línea, pensando en Blanes, en que así me vengaba de su broma, y en
      la noche en que Blanes fue a encontrarme en el hotel de alguna
      capital de provincia y, después de dejarme hablar, fumando y mirando
      el techo y la gente que entraba en el salón, hizo sobresalir los
      labios para decirme, delante de la pobre loca:
      —Y pensar. .. Un tipo como usted que se arruinó por el Hamlet.
      Lo había citado en el hotel para que se hiciera cargo de un
      personaje en un rápido disparate que se llamaba, me pareee, Sueño
      Realizado. En el reparto de la locura aquella había un galán sin
      nombre y este galán solo podía hacerlo Blanes porque cuando la mujer
      vino a verme no quedábamos allí más que él y yo; el resto de la
      compañía pudo escapar a Buenos Aires.
      La mujer había estado en el hotel a mediodía y como yo estaba
      durmiendo, había vuelto a la hora que era, para ella y todo el mundo
      en aquella provincia caliente, la del fin de la siesta y en la que
      yo estaba en el lugar más fresco del comedor comiendo una milanesa
      redonda y tomando vino blanco, lo único bueno que podía tomarse
      allí. No voy a decir que a la primera mirada—cuando se detuvo en el
      halo de calor de la puerta encortinada, dilatando los ojos en la
      sombra del comedor y el mozo le señaló mi mesa y en seguida ella
      empezó a andar en línea recta hacia mí con remolinos de la pollera—
      yo adiviné lo que había adentro de la mujer ni aquella cosa como una
      cinta blanduzca y fofa de locura que había ido desenvolviendo,
      arrancando con suaves tirones, como si fuese una venda pegada a una
      herida, de sus años pasados, solitarios, para venir a fajarme con
      ella, como a una momia, a mí y a algunos de los días pasados en
      aquel sitio aburrido, tan abrumado de gente gorda y mal vestida.
      Pero había, sí, algo en la sonrisa de la mujer que me ponía
      nervioso, y me era imposible sostener los ojos en sus pequeños
      dientes irregulares exhibidos como los de un niño que duerme y
      respira con la boca abierta. Tenía el pelo casi gris peinado en
      trenzas enroscadas y su vestido correspondía a una vieja moda; pero
      no era el que se hubiera puesto una señora en los tiempos en que fue
      inventado, sino, también esto, el que hubiera usado entonces una
      adolescente. Tenía una pollera hasta los zapatos, de aquellos que
      llaman botas o botinas, larga, oscura, que se iba abriendo cuando
      ella caminaba y se encogía y volvía a temblar al paso inmediato. La
      blusa tenía encajes y era ajustada, con un gran camafeo entre los
      senos agudos de muchacha y la blusa y la pollera se unían y estaban
      divididas por una rosa en la cintura, tal vez artificial ahora que
      pienso, una flor de corola grande y cabeza baja, con el tallo
      erizado amenazando el estómago.
      La mujer tendría alrededor de cincuenta años y lo que no podía
      olvidarse en eIla, lo que siento ahora cuando la recuerdo caminar
      hasta mí en el comedor del hotel, era aquel aire de jovencita de
      otro siglo que hubiera quedado dormida y despertara ahora un poco
      despeinada, apenas envejecida pero a punto de alcanzar su edad en
      cualquier momento, de golpe, y quebrarse allí en silencio,
      desmoronarse roída por el trabajo sigiloso de los días. Y la sonrisa
      era mala de mirar porque uno pensaba que frente a la ignorancia que
      mostraba la mujer del peligro de envejecimiento y muerte repentina
      en cuyos bordes estaba, aquella sonrisa sabía, o, por lo menos, los
      descubiertos dientecillos presentían, el repugnante fracaso que los
      amenazaba.
      Todo aquello estaba ahora de pie en la penumbra del comedor y
      torpemente puse los cubiertos al lado del plato y me
      levanté. "¿Usted es el señor Langman, el empresario de teatro?"
      Incliné la cabeza sonriendo y la invité a sentarse. No quiso tomar
      nada; separados por la mesa le miré con disimulo la boca con su
      forma intacta y su poca pintura, allí justamente en el centro donde
      la voz, un poco española, había canturreado al deslizarse entre los
      filos desparejos de la dentadura. De los ojos, pequeños y quietos,
      esforzados en agrandarse, no pude sacar nada. Había que esperar que
      hablara y, pensé, cualquier forma de mujer y de existencia que
      evocaran sus palabras iban a quedar bien con su curioso aspecto y el
      curioso aspecto iba a desvanecerse.
      —Quería verlo por una representación—dijo—. Quiero decir que tengo
      una obra de teatro...
      Todo indicaba que iba a seguir, pero se detuvo y esperó mi
      respuesta; me entregó la palabra con un silencio irresistible,
      sonriendo. Esperaba tranquila, las manos enlazadas en la falda.
      Aparté el plato con la milanesa a medio comer y pedí café. Le ofrecí
      cigarrillos y ella movió la cabeza, alargó un poco la sonrisa, lo
      que quería decir que no fumaba. Encendí el mío y empecé a hablarle,
      buscando sacármela de encima sin violencias, pero pronto y para
      siempre, aunque con un estilo cauteloso que me era impuesto no sé
      por qué.
      —Señora, es una verdadera lástima... Usted nunca ha estrenado,
      ¿verdad? Naturalmente. ¿Y cómo se llama su obra?
      —No, no tiene nombre—contestó—. Es tan difícil de explicar... No es
      lo que usted piensa. Claro. se le puede poner un título. Se le puede
      llamar El sueño, El sueño realizado. Un sueño realizado.
      Comprendí, ya sin dudas, que estaba loca y me sentí más cómodo.
      —Bien; Un sueño realizado, no está mal el nombre. Es muy importante
      el nombre. Siempre he tenido interés, digamos personal,
      desinteresado en otro sentido, en ayudar a los que empiezan. Dar
      nuevos valores al teatro nacional. Aunque es innecesario decirle que
      no son agradecimientos los que se cosechan, señora. Hay muchos que
      me deben a mí el primer paso, señora, muchos que hoy cobran derechos
      increíbles en la calle Corrientes y se llevan los premios anuales.
      Ya no se acuerdan de cuando venían casi a suplicarme...
      Hasta el mozo del comedor podía comprender desde el rincón junto a
      la heladera donde se espantaba las moscas y el calor con la
      servilleta que a aquel bicho raro no le importaba ni una sílaba de
      lo que yo decía. Le eché una última mirada con un solo ojo, desde el
      calor del pocillo de café, y le dije:
      —En fin, señora. Usted debe saber que la temporada aquí ha sido un
      fracaso. Hemos tenido que interrumpirla y me he quedado solo por
      algunos asuntos personales. Pero ya la semana que viene me iré yo
      también a Buenos Aires. Me he equivocado una vez más, qué hemos de
      hacer. Este ambiente no está preparado, y a pesar de que me resigné
      a hacer la temporada con sainetes y cosas así... ya ve cómo me ha
      ido. De manera que... Ahora, que podemos hacer una cosa, señora. Si
      usted puede facilitarme una copia de su obra yo veré si en Buenos
      Aires... ¿Son tres actos?
      Tuvo que contestar, pero solo porque yo, devolviéndole el juego, me
      callé y había quedado inclinado hacia ella, rascando con la punta
      del cigarrillo en el cenicero. Parpadeó:
      —¿Qué?
      —Su obra, señora. Un sueño realizado. ¿Tres actos?
      —No, no son actos.
      — O cuadros. Se extiende ahora la costumbre de...
      —No tengo ninguna copia. No es una cosa que yo haya escrito—seguía
      diciéndome ella. Era el momento de escapar.
      —Le dejaré mi dirección de Buenos Aires y cuando usted la tenga
      escrita...
      Vi que se iba encogiendo, encorvando el cuerpo; pero la cabeza se
      levantó con la sonrisa fija. Esperé, seguro de que iba a irse; pero
      un instante después ella hizo un movimiento con la mano frente a la
      cara y siguió hablando.
      —No, es todo distinto a lo que piensa. Es un momento, una escena se
      puede decir, y allí no pasa nada, como si nosotros representáramos
      esta escena en el comedor y yo me fuera y ya no pasara nada más. No—
      contestó—, no es cuestión de argumento, hay algunas personas en una
      calle y las casas y dos automóviles que pasan. Allí estoy yo y un
      hombre y una mujer cualquiera que sale de un negocio de enfrente y
      le da un vaso de cerveza. No hay más personas, nosotros tres. El
      hombre cruza la calle hasta donde sale la mujer de su puerta con la
      jarra de cerveza y después vuelve a cruzar y se sienta junto a la
      misma mesa, cerca mío, donde estaba al principio.
      Se calló un momento y ya la sonrisa no era para mí ni para el
      armario con mantelería que se entreabría en la pared del comedor;
      después concluyó:
      —¿Comprende?
      Pude escarparme porque recordé el término teatro intimista y le
      hablé de eso y de la imposibilidad de hacer arte puro en estos
      ambientes y que nadie iría al teatro para ver eso y que, acaso solo,
      en toda la provincia, yo podría comprender la calidad de aquella
      obra y el sentido de los movimientos y el símbolo de los automóviles
      y la mujer que ofrece un "bock" de cerveza al hombre que cruza la
      calle y vuelve junto a ella, junto a usted, señora.
      Ella me miró y tenía en la cara algo parecido a lo que había en la
      de Blanes cuando se veía en la necesidad de pedirme dinero y me
      hablaba de Hamlet: un poco de lástima y todo el resto de burla y
      antipatía.
      —No es nada de eso, señor Langman—me dijo—. Es algo que yo quiero
      ver y que no lo vea nadie más, nada de público. Yo y los actores,
      nada más. Quiero verlo una vez, pero que esa vez sea tal como yo se
      lo voy a decir y hay que hacer lo que yo diga y nada más. ¿Sí?
      Entonces usted, haga el favor, me dice cuánto dinero vamos a gastar
      para hacerlo y yo se lo doy.
      Ya no servía hablar de teatro intimista ni de ninguna de esas cosas,
      allí, frente a frente con la mujer loca que abrió la cartera y sacó
      dos billetes de cincuenta pesos—"con esto contrata a los actores y
      atiende los primeros gastos y después me dice cuánto más necesita"—.
      Yo, que tenía hambre de plata, que no podía moverme de aquel maldito
      agujero hasta que alguno de Buenos Aires contestara a mis cartas y
      me hiciera llegar unos pesos. Así que le mostré la mejor de mis
      sonrisas y cabeceé varias veces mientras me guardaba el dinero en
      cuatro dobleces en el bolsillo del chaleco.
      —Perfectamente, señora. Me parece que comprendo la clase de cosa que
      usted . . .—Mientras hablaba no quería mirarla porque estaba
      pensando en Blanes y porque no me gustaba encontrarme con la
      expresión humillante de Blanes también en la cara de la mujer. —
      Dedicaré la tarde a este asunto y si podemos vernos. . . ¿Esta
      noche? Perfectamente, aquí mismo; ya tendremos al primer actor y
      usted podrá explicarnos claramente esa escena y nos pondremos de
      acuerdo para que Sueño, Un sueño realtzado...
      Acaso fuera simplemente porque estaba loca; pero podía ser también
      que ella comprendiera, como lo comprendía yo, que no me era posible
      robarle los cien pesos y por eso no quiso pedirme recibo, no pensó
      siquiera en ello y se fue luego de darme la mano, con un cuarto de
      vuelta de la pollera en sentido inverso a cada paso, saliendo
      erguida de la media luz del comedor para ir a meterse en el calor de
      la calle como volviendo a la temperatura de la siesta que había
      durado un montón de años y donde había conservado aquella juventud
      impura que estaba siempre a punto de deshacerse podrida.
      Pude dar con Blanes en una pieza desordenada y oscura, con paredes
      de ladrillos mal cubiertos, detrás de plantas, esteras verdes,
      detrás del calor húmedo del atardecer. Los cien pesos seguían en el
      bolsillo de mi chaleco y hasta no encontrar a Blanes, hasta no
      conseguir que me ayudara a dar a la mujer loca lo que ella pedía a
      cambio de su dinero, no me era posible gastar un centavo. Lo hice
      despertar y esperé con paciencia que se bañara, se afeitara,
      volviera a acostarse, se levantara nuevamente para tomar un vaso de
      leche—lo que significaba que había estado borracho el día anterior—y
      otra vez en la cama encendiera un cigarrillo; porque se negó a
      escucharme antes y todavía entonces, cuando arrimé aquellos restos
      de sillón de tocador en que estaba sentado y me incliné con aire
      grave para hacerle la propuesta, me detuvo diciendo:
      —¡Pero mire un poco ese techo!
      Era un techo de tejas, con dos o tres vigas verdosas y unas hojas de
      caña de la India que venían de no sé dónde, largas y resecas. Miré
      el techo un poco y no hizo más que reírse y mover la cabeza.
      —Bueno. Déle—dijo después.
      Le expliqué lo que era y Blanes me interrumpía a cada momento,
      riéndose, diciendo que todo era mentira mía, que era alguno que para
      burlarse me había mandado la mujer. Después me volvió a preguntar
      qué era aquello y no tuve más remedio que liquidar la cuestión
      ofreciéndole la mitad de lo que pagara la mujer una vez deducidos
      los gastos y le contesté que, en verdad, no sabía lo que era ni de
      qué se trataba ni qué demonios quería de nosotros aquella mujer;
      pero que ya me había dado cincuenta pesos y que eso significaba que
      podíamos irnos a Buenos Aires o irme yo, por lo menos, si él quería
      seguir durmiendo allí. Se rió y al rato se puso serio; y de los
      cincuenta pesos que le dije haber conseguido adelantados quiso
      veinte en seguida. Así que tuve que darle diez, de lo que me
      arrepentí muy pronto porque aquella noche cuando vino al comedor del
      hotel ya estaba borracho y sonreía torciendo un poco la boca y con
      la cabeza inclinada sobre el platito de hielo empezó a decir:
      —Usted no escarmienta. El mecenas de la calle Corrientes y toda
      calle del mundo donde una ráfaga de arte... Un hombre que se arruinó
      cien veces por el Hamlet va a jugarse desinteresadamente por un
      genio ignorado y con corsé.
      Pero cuando vino ella, cuando la mujer salió de mis espaldas vestida
      totalmente de negro, con velo un paraguas diminuto colgando de la
      muñeca y un reloj con cadena del cuello, y me saludó y extendió la
      mano a Blanes con la sonrisa aquella un poco apaciguada en la luz
      artificial, él dejó de molestarme y solo dijo:
      —En fin, señora; los dioses la han guiado hasta Langman. Un hombre
      que ha sacrificado cientos de miles por dar correctamente el Hamlet.
      Entonces pareció que ella se burlaba mirando un poco a uno y un poco
      a otro; después se puso grave y dijo que tenía prisa, que nos
      explicaría el asunto de manera que no quedara lugar para la más
      chica duda y que volvería solamente cuando todo estuviera pronto.
      Bajo la luz suave y limpia, la cara de la mujer y también lo que
      brillaba en su cuerpo, zonas del vestido, las uñas en la mano sin
      guante, el mango del paraguas, el reloj con su cadena, parecían
      volver a ser ellos mismos, liberados de la tortura del día luminoso;
      y yo tomé de inmediato una relativa confianza y en toda la noche no
      volví a pensar que ella estaba loca, olvidé que había algo con olor
      a estafa en todo aquello y una sensacion de negocio normal y
      frecuente pudo dejarme enteramente tranquilo. Aunque yo no tenía que
      molestarme por nada, ya que estaba allí Blanes correcto, bebiendo
      siempre, conversando con ella como si se hubieran encontrado ya dos
      o tres veces ofreciéndole un vaso de whisky, que ella cambió por una
      taza de tilo. De modo que lo que tenía que contarme a mí se lo fue
      diciendo a él y yo no quise oponerme porque Blanes era el primer
      actor y cuanto más llegara a entender de la obra mejor saldrían las
      cosas. Lo que la mujer quería que representáramos para ella era esto
      (a Blanes se lo dijo con otra voz y aunque no lo mirara, aunque al
      hablar de eso bajaba los ojos, yo sentía que lo contaba ahora de un
      modo personal, como si contesara alguna cosa cualquiera íntima de su
      vida y que a mí me lo había dicho como el que cuenta esa misma cosa
      en una oficina, por ejemplo, para pedir un pasaporte o cosa así):
      —En la escena hay casas y aceras, pero todo confuso, como si se
      tratara de una ciudad y hubieran amontonado todo eso para dar
      impresión de una gran ciudad. Yo salgo, la mujer que voy a
      representar yo sale de una casa y se sienta en el cordón de la
      acera, junto a una mesa verde. Junto a la mesa está sentado un
      hombre en un banco de cocina. Ese es el personaje suyo. Tiene puesta
      una tricota y gorra. En la acera de enfrente hay una verdulería con
      cajones de tomates en la puerta. Entonces aparece un automóvil que
      cruza la escena y el hombre, usted, se levanta para atravesar la
      calle y yo me asusto pensando que el coche lo atropella. Pero usted
      pasa antes que el vehículo y llega a la acera de enfrente en el
      momento que sale una mujer vestida con traje de paseo y un vaso de
      cerveza en la mano. Usted lo toma de un trago y vuelve en seguida
      que pasa un automóvil, ahora de abajo para arriba, a toda velocidad;
      y usted vuelve a pasar con el tiempo justo y se sienta en el banco
      de cocina. Entretanto yo estoy acostada en la acera, como si fuera
      una chica. Y usted se inclina un poco para acariciarme la cabeza.
      La cosa era fácil de hacer pero le dije que el inconveniente estaba,
      ahora que lo pensaba mejor, en aquel tercer personaje, en aquella
      mujer que salía de su casa a paseo con el vaso de cerveza.
      —Jarro—me dijo ella—. Es un jarro de barro con asa y tapa.
      Entonces Blanes asintió con la cabeza y le dijo:
      —Claro, con algún dibujo, además, pintado.
      Ella dijo que sí y parecía que aquella cosa dicha por Blanes la
      había dejado muy contenta, feliz, con esa cara de felicidad que solo
      una mujer pued tener y que me da ganas de cerrar los ojos par no
      verla cuando se me presenta, como si la buena educación ordenara
      hacer eso. Volvimos a hablar de la otra mujer y Blanes terminó por
      estirar una mano diciendo que ya tenía lo que necesitaba y que no
      nos preocupáramos más. Tuve que pensar que la locura de la loca era
      contagiosa, porque cuando le pregunté a Blanes con qué actriz
      contaba para aquel papel me dijo que con la Rivas y aunque yo no
      conocía a ninguna con ese nombre no quise decir nada porque Blanes
      me estaba mirando furioso. Así que todo quedó arreglado, lo
      arreglaron ellos dos y yo no tuve que pensar para nada en la escena;
      me fui en seguida a buscar al dueño del teatro y lo alquilé por dos
      días pagando el precio de uno, pero dándole mi palabra de que no
      entraría nadie más que los actores.
      Al día siguiente conseguí un hombre que entendía de instalaciones
      eléctricas y por un jornal de seis pesos me ayudó también a mover y
      repintar un poco los bastidores. A la noche, después de trabajar
      cerca de quince horas todo estuvo pronto y sudando y en mangas de
      camisa me puse a comer sandwiches con cerveza mientras oía sin hacer
      caso historias de pueblo que el hombre me contaba. El hombre hizo
      una pausa y después dijo:
      —Hoy vi a su amigo bien acompañado. Esta tarde; con aquella señora
      que estuvo en el hotel anoche con ustedes. Aquí todo se sabe. Ella
      no es de aquí; dicen que viene en los veranos. No me gusta meterme,
      pero los vi entrar en un hotel. Sí, qué gracia; es cierto que usted
      también vive en un hotel. Pero el hotel donde entraron esta tarde
      era distinto. . . De ésos, ¿eh?
      Cuando al rato llegó Blanes le dije que lo único que faltaba era la
      famosa actriz Rivas y arreglar el asunto de los automóviles, porque
      solo se había podido conseguir uno, que era del hombre que me había
      estado ayudando y lo alquilaría por unos pesos, además de manejarlo
      él mismo. Pero yo tenía mi idea para solucionar aquello, porque como
      el coche era un cascajo con capota, bastaba hacer que pasara primero
      con la capota baja y después alzada o al revés. Blanes no me
      contestó nada porque estaba completamente borracho, sin que me fuera
      posible adivinar de dónde había sacado dinero. Después se me ocurrió
      que acaso hubiera tenido el cinismo de recibir directamente dinero
      de la pobre mujer. Esta idea me envenenó y seguía comiendo los
      sandwiches en silencio mientras él, borracho y canturreando,
      recorría el escenario se iba colocando en posiciones de fotógrafo,
      de
      espía, de boxeador, de jugador de rugby, sin dejar de canturrear,
      con el sombrero caído sobre la nuca y mirando a todos lados, desde
      todos los lados, rebuscando vaya a saber el diablo qué cosa. Como a
      cada momento me convencía más de que se había emborrachado con
      dinero robado, casi, a aquella pobre mujer enferma, no quería
      hablarle y cuando acabé de comer los sandwiches mandé al hombre que
      me trajera media docena más y una botella de cerveza.
      A todo esto Blanes se había cansado de hacer piruetas, la borrachera
      indecente que tenía le dio por el lado sentimental y vino a sentarse
      cerea de donde yo estaba, en un cajón, con las manos en los
      bolsillos del pantalón y el sombrero en las rodillas, mirando con
      ojos turbios, sin moverlos, hacia la escena. Pasamos un tiempo sin
      hablar y pude ver que estaba envejeciendo y el cabello rubio lo
      tenía descolorido y escaso. No le quedaban muchos años para seguir
      haciendo el galán ni para llevar señoras a los hoteles, ni para
      nada.
      —Yo tampoco perdí el tiempo—dijo de golpe.
      —Sí, me lo imagino —contesté sin interés.
      Sonrió, se puso serio, se encajó el sombrero y volvió a levantarse.
      Mé siguió hablando mientras iba y venía, como me había visto hacer
      tantas veces en el despacho, todo lleno de fotos dedicadas, dictando
      una carta a la muchacha.
      —Anduve averiguando de la mujer—dijo—. Parece que la familia o ella
      misma tuvo dinero y después ella tuvo que trabajar de maestra. Pero
      nadie, ¿eh?, nadie dice que esté loca. Que siempre fue un poco rara,
      sí. Pero no loca. No sé por qué le vengo a hablar a usted, oh padre
      adoptivo del triste Hamlet, con la trompa untada de manteca de
      sandwich... Hablarle de esto.
      —Por lo menos —le dije tranquilamente—, no me meto a espiar en vidas
      ajenas. Ni a dármelas de conquistador con mujeres un poco raras. Me
      limpié la boca con el pañuelo y me di vuelta para mirarlo con cara
      aburrida. —Y tampoco me emborracho vaya a saber con qué dinero.
      Él se estuvo con las manos en los riñones, de pie, mirándome a su
      vez, pensativo, y seguía diciéndome cosas desagradables, pero
      cualquiera se daba cuenta que estaba pensando en la mujer y que no
      me insultaba de corazón, sino para hacer algo mientras pensaba, algo
      que evitara que yo me diera cuenta que estaba pensando en aquella
      mujer. Volvió hacia mí, se agachó y se alzó en seguida con la
      botella de cerveza y se fue tomando lo que quedaba sin apurarse, con
      la boca fija al gollete, hasta vaciarla. Dio otros pasos por el
      escenario y se sentó nuevamente, con la botella entre los pies y
      cubriéndola con las manos.
      —Pero yo le hablé y me estuvo diciendo —dijo—. Quería saber qué era
      todo esto. Porque no sé si usted comprende que no se trata solo de
      meterse la plata en el bolsillo. Yo le pregunté qué era esto que
      íbamos a representar y entonces supe que estaba loca. ¿Le interesa
      saber? Todo es un sueño que tuvo, ¿entiende? Pero la mayor locura
      está en que ella dice que ese sueño no tiene ningún significado para
      ella, que no conoce al hombre que estaba sentado con la tricota
      azul, ni a la mujer de la jarra, ni vivió tampoco en una calle
      parecida a este ridículo mamarracho que hizo usted. ¿Y por qué,
      entonces? Dice que mientras dormía y soñaba eso era feliz, pero no
      es feliz la palabra sino otra clase de cosa. Así que quiere verlo
      todo nuevamente. Y aunque es una locura tiene su cosa razonable. Y
      también me gusta que no haya ninguna vulgaridad de amor en todo
      esto.
      Cuando nos fuimos a acostar, a cada momento se entreparaba en la
      calle—había un cielo azul y mucho calor— para agarrarme de los
      hombros y las solapas y preguntarme si yo entendía, no sé qué cosa,
      algo que él no debía entender tampoco muy bien, porque nunca acababa
      de explicarlo.
      La mujer llegó al teatro a las diez en punto y traía el mismo traje
      negro de la otra noche, con la cadena y el reloj, lo que me pareció
      mal para aquella calle de barrio pobre que había en escena y para
      tirarse en el cordón de la acera mientras Blanes le acariciaba el
      pelo. Pero tanto daba: el teatro estaba vacío; no estaba en la
      platea más que Blanes, siempre borracho, fumando, vestido con una
      tricota azul y una gorra gris doblada sobre una oreja. Había venido
      temprano acompañado de una muchacha, que era quien tenía que asomar
      en la puerta de al lado de la verdulería a darle su jarrita de
      cerveza; una muchacha que no encajaba, ella tampoco, en el tipo del
      personaje, el tipo que me imaginaba yo, claro, porque sepa el diablo
      cómo era en realidad; una triste y flaca muchacha, mal vestida y
      pintada que Blanes se había traído de cualquier cafetín, sacándola
      de andar en la calle por una noche y empleando un cuento absurdo
      para traerla, era indudable, porque ella se puso a andar con aires
      de primera actriz y al verla estirar el brazo con la jarrita de
      cerveza daban ganas de llorar o de echarla a empujones. La otra, la
      loca, vestida de negro, en cuanto llegó se estuvo un rato mirando el
      escenario con las manos juntas frente al cuerpo y me pareció que era
      enormemente alta, mucho más alta y flaca de lo que yo había creído
      hasta entonces. Después, sin decir palabra a nadie, teniendo
      siempre, aunque más débil, aquella sonrisa de enfermo que me erizaba
      los nervios, cruzó la escena y se escondió detrás del bastidor por
      donde debía salir. La había seguido con los ojos, no sé por qué, mi
      mirada tomó exactamente la forma de su cuerpo alargado vestido de
      negro y apretada a él, ciñéndolo, lo acompañó hasta que el borde del
      telón separó la mirada del cuerpo.
      Ahora era yo quien estaba en el centro del escenario y como todo
      estaba en orden y habían pasado ya las diez, levanté los codos para
      avisar con una palmada a los actores. Pero fue entonees que, sin que
      yo me diera cuenta de lo que pasaba por completo, empecé a saber
      cosas y qué era aquello en que estábamos metidos, aunque nunca pude
      decirlo, tal como se sabe el alma de una persona y no sirven las
      palabras para explicarlo. Preferí llamarlos por señas y cuando vi
      que Blanes y la muchacha que había traído se pusieron en movimiento
      para ocupar sus lugares, me escabullí detrás de los telones, donde
      ya estaba el hombre sentado al volante de su coche viejo que empezó
      a sacudirse con un ruido tolerable. Desde allí, trepado en un cajón,
      buscando esconderme porque yo nada tenía que ver en el disparate que
      iba a empezar, vi cómo ella salía de la puerta de la casucha,
      moviendo el cuerpo como una muchacha —el pelo, espeso y casi gris,
      suelto a la espalda, anudado sobre los omóplatos con una cinta clara—
      daba unos largos pasos que eran, sin duda, de la muchacha que
      acababa de preparar la mesa y se asoma un momento a la calle para
      ver caer la tarde y estarse quieta sin pensar en nada; vi cómo se
      sentaba cerca del banco de Blanes y sostenía la cabeza con una mano,
      afirmando el codo en las rodillas, dejando descansar las yemas sobre
      los labios entreabiertos y la cara vuelta hacia un sitio lejano que
      estaba más allá de mí mismo, más alla también de la pared que yo
      tenía a la espalda. Vi como Blanes se levantaba para cruzar la calle
      y lo hacía matemáticamente antes que el automóvil que pasó echando
      humo con su capota alta y desapareció en seguida. Vi cómo el brazo
      de Blanes y el de la mujer que vivía en la casa de enfrente se unían
      por medio de la jarrita de cerveza y cómo el hombre bebía de un
      trago y dejaba el recipiente en la mano de la mujer que se hundía
      nuevamente lenta y sin ruido, en su portal. Vi, otra vez, al hombre
      de la tricota azul cruzar la calle un instante antes de que pasara
      un rápido automóvil de capota baja que terminó su carrera junto a mí
      apagando en seguida su motor, y, mientras se desgarraba el humo
      azuloso de la máquina, divisé a la muchacha del cordón de la acera
      que bostezaba y terminaba por echarse a lo largo en las baldosas la
      cabeza sobre un brazo que escondía el pelo, y una pierna encogida.
      El hombre de la tricota y la gorra se inclinó entonces y acarició la
      cabeza de la muchacha, comenzó a acariciarla y la mano iba y venía,
      se enredaba en el pelo, estiraba la palma por la frente, apretaba
      la cinta clara del peinado, volvía a repetir sus caricias.
      Bajé del banco, suspirando, más tranquilo, y avancé en puntas de pie
      por el escenario. El hombre del automóvil me siguió, sonriendo
      intimidado y la muchacha flaca que se había traído Blanes volvió a
      salir de su zaguán para unirse a nosotros. Me hizo una pregunta, una
      pregunta corta, una sola palabra sobre aquello y yo contesté sin
      dejar de mirar a Blanes y a la mujer echada; la mano de Blanes, que
      seguía acariciando la frente y la cabellera desparramada de la
      mujer, sin cansarse, sin darse cuenta de que la escena había
      concluido y que aquella última cosa, la caricia en el pelo de la
      mujer, no podía continuar siempre. Con el cuerpo inclinado, Blanes
      acariciaba la cabeza de la mujer, alargaba el brazo para recorrer
      con los dedos la extensión de la cabellera gris desde la frente
      hasta los bordes que se abrían sobre el hombro y la espalda de la
      mujer acostada en el piso. El hombre del automóvil seguía sonriendo,
      tosió y escupió a un lado. La muchacha que había dado el jarro de
      cerveza a Blanes, empezó a caminar hacia el sitio donde estaban la
      mujer y el hombre inclinado, acariciándola. Entonces me di vuelta y
      le dije al dueño del automóvil que podía ir sacándolo, así nos
      íbamos temprano, y caminé junto a él, metiendo la mano en el
      bolsillo para darle unos pesos. Algo extraño estaba sucediendo a mi
      derecha, donde estaban los otros, y cuando quise pensar en eso
      tropecé con Blanes que se había quitado la gorra y tenía un olor
      desagradable a bebida y me dio una trompada en las costillas,
      gritando:
      —No se da cuenta que está muerta, pedazo de bestia.
      Me quedé solo, encogido por el golpe, y mientras Blanes iba y venía
      por el escenario, borracho, como enloquecido, y la muchacha del
      jarro de cerveza y el hombre del automóvil se doblaban sobre la
      mujer muerta comprendí qué era aquello, qué era lo que buscaba la
      mujer, lo que había estado buscando Blanes borracho la noche
      anterior en el escenario y parecía buscar todavía, yendo y viniendo
      con sus prisas de loco: lo comprendí todo claramente como si fuera
      una de esas cosas que se aprenden para siempre desde niño y no
      sirven después las palabras para explicar.
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