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24760Boletín sobre problemáticas gremiales: ¿Por qué hay que trabajar así?

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  • Nodo (colectivo de coorganización milita
    Aug 2, 2014
      *Boletín sobre problemáticas gremiales:*

      *¿Por qué hay que trabajar así?*

      *Preguntas (im)pertinentes. Episodio uno.*



      *Primer hecho*

      Todo (o casi todo) tiene precio: la comida, la vivienda, la ropa, el
      transporte, los medicamentos, ir al cine, ir a la cancha, ir al médico, ir
      a un recital, etc. El trato es sencillo: si pagás en dinero el precio de
      cualquiera de estas cosas, las podés disfrutar. De todas formas, la
      circunstancia de que las cosas tengan precios las convierte en algo más que
      simples cosas, las convierte en mercancías.







      * Segundo hecho*

      Pero no sólo las cosas tienen precio. Nosotrxs también. ¿Cómo? Si queremos
      comer, tener donde vivir, vestirnos, viajar, medicarnos cuando nos
      enfermamos, ver una película, etc., tenemos que tener dinero. Y para tener
      dinero, tenemos que ir a trabajar. Y nuestro trabajo tiene un precio: el
      salario. El trato es sencillo: nosotrxs trabajamos y a cambio nos dan un
      salario. Con ese salario, ahora sí, podemos comer, alquilar una casa,
      vestirnos, viajar, etc. Y ese intercambio del dinero de nuestro salario por
      diferentes cosas con precio lo hacemos todos los días, una y otra vez, a
      cada ratito. Es un hecho. Es decir, siendo aún más precisos: lo que tiene
      precio es nuestra *capacidad de trabajar*, que la vendemos simplemente con
      ir a trabajar a cambio de un sueldo. Ya trabajemos en un taller, en una
      escuela, en un hospital, en una empresa, en un banco, etc., lo hacemos a
      cambio de un salario. Por el momento, no nos queda otra (si es que
      queremos vivir)…



      Es decir, son hechos tanto que las cosas como nosotrxs tenemos precio. Y,
      en este sentido, no somos diferentes de las cosas: una manzana tiene
      precio, una campera tiene precio y nuestra capacidad de trabajar, también.
      Y si las cosas cuando tienen precios son mercancías, nuestra capacidad de
      trabajar, también.





      *La ley de gravedad no tiene precio*



      Pero ambos hechos no son hechos naturales. Un hecho natural es, por
      ejemplo, cómo nos afecta la ley de gravedad: cualquier cuerpo si no es
      sostenido por otro cuerpo, irremediablemente, tiende a ir hacia abajo,
      hacia el suelo, desde un diminuto grano de arena hasta el inmenso techo de
      cualquier habitación. Lo que es natural en la manzana es su sabor, su
      propiedad de alimentarnos cuando tenemos hambre, no el hecho de tener un
      precio. Lo que es natural de una campera es su propiedad de resguardarnos
      del frío, no el hecho de tener precio. Lo que es natural de nuestra
      capacidad de hacer es producir los más diversos productos que nos rodean, no
      el hecho de que tenga precio.

      Que todas las cosas y nuestra capacidad de trabajar tengan
      precio es un hecho, sí, pero un hecho histórico. O sea, no siempre fue así
      y no tiene por qué seguir siendo así. Pero el que las cosas y nuestra
      fuerza de trabajo tengan precio se nos aparece tan natural como la ley de
      gravedad porque hemos nacido, crecido y nos reproducimos como si así lo
      fuera. Y como si nunca pudiera dejar de serlo. Es un hecho histórico porque
      es una *relación social, es decir, un manera específica de cómo nos
      vinculamos entre nosotrxs, los seres humanos*.

      Entonces, nos preguntamos ¿por qué las cosas tienen precio
      y son mercancías? ¿Por qué nuestra capacidad de trabajo tiene precio y es
      una mercancía? ¿Hay una conexión entre las respuestas a estas
      preguntas?


      * ​*
      *​*

      * ¿por que decimos que el trabajo como mercancía es un hecho histórico? *



      Que la fuerza de trabajo sea una mercancía es un hecho que no existió desde
      siempre, sino que existe bajo un modo de producción determinado. Pero ¿qué
      es un modo de producción? Un modo de producción se refiere a la forma en
      que los seres humanos nos relacionamos a la hora de producir los bienes
      necesarios para nuestra subsistencia. A estas relaciones entre seres
      humanos las llamamos *relaciones de producción*. Y –lamentamos dar una mala
      noticia- esas relaciones han sido (casi siempre) históricamente desiguales
      y antagónicas, en las cuales unxs (muchxs) trabajan *subordinadxs *a otrxs
      (pocxs) que son lxs que deciden qué, cómo y para qué producimos. Pero eso
      no quiere decir que no sean modificables y que siempre deban ser así. O
      sea, cuando hablamos de un modo *determinado* es porque hubo en la historia
      más de una forma de relacionarnos para producir estos bienes. Por ejemplo,
      el modo de producción capitalista difiere, en algunos aspectos clave, del
      modo de producción feudal[1] <#_ftn1>.

      En otros momentos de la historia de la humanidad, la
      violencia era el recurso fundamental para sostener la desigualdad. Alcanza
      con ver alguna película en donde haya esclavos o en donde algún noble
      decida disponer del cuerpo de alguna joven aldeana, contra su voluntad… Es
      decir, la subordinación era predominantemente *política*, al afirmarse a
      los cuatro vientos que no todas las personas eran iguales y que algunxs
      (reyes, nobles, curas, etc.) tenían más derechos que otrxs (esclavxs,
      campesinxs, etc.). Al contrario, en el capitalismo, se proclama que todxs
      somos iguales: todxs votamos y nuestros votos “valen” lo mismo; las leyes,
      al menos en apariencia, son las mismas para todxs. Y esta “igualdad”, por
      un lado, fue una conquista de las anteriores clases dominadas que vieron
      así ampliados sus derechos, pero, por otro, principalmente, fue una
      necesidad del capitalismo, que requirió que ya los campesinos no estuvieran
      atados a su tierra, como era en el feudalismo, y que la tierra ya no
      estuviera atada a un linaje. Es un tema complejo, pero lo que el
      capitalismo reclamaba era *que* *todo se pueda comprar y vender*, incluso
      las tierras y la fuerza de trabajo…

      A diferencia de otros modos de producción, en donde la violencia directa
      era la principal manera de subordinar a las clases dominadas, en el
      capitalismo este recurso es una garantía de control social en última
      instancia. Esto hace que la subordinación se vuelva, por momentos, un tanto
      más menos evidente: nadie nos pone un revólver en la cabeza cada mañana
      para que vayamos a trabajar, nadie nos saca por la fuerza el producto de
      nuestro trabajo. Lo hacemos, en apariencia, libremente. Tan *libremente*
      como nos permite nuestro estómago. Y los estómagos de las personas a
      nuestro cargo… Pero, cuando llegamos a nuestro trabajo y cruzamos esa
      puerta, nos queda claro que nuestra libertad, o lo que tengamos de ella,
      quedó prácticamente por completo atrás… La que se pasea libremente por
      todos lados, ahora, es la necesidad de nuestra patronal (privada o estatal)
      de que hagamos lo que ella quiere en función de sus intereses. Intereses
      que, claro, no son fundamentalmente los nuestros… A nosotros sólo nos
      interesa, no tenemos otra opción, que nos paguen cada mes…







      *El precio del trabajo o la obligación de trabajar*



      Cuando nuestra capacidad de trabajar tiene precio y es una mercancía,
      nuestro trabajo es trabajo asalariado. Y como recién dijimos, no es un
      hecho natural, es un hecho histórico, es una relación social. También
      dijimos que significa que si queremos comer, vestirnos, etc., primero
      tenemos que ir a trabajar para que nos paguen un salario y con parte de
      éste, recién ahí, comprar la comida, la ropa, etc. El trabajo asalariado no
      es una elección libre, estamos obligadxs a hacerlo si queremos comer,
      vestirnos, etc. Y esta obligación es para todxs por igual: no hace
      distinción si trabajamos en un comercio, en una fábrica, en una escuela, en
      un profesorado, en una universidad, en una pequeña o gran empresa, en el
      sector privado o en el sector público.

      Pero ¿qué es lo que nos obliga? ¿qué significa esa
      obligación? Significa que, por un lado, no tenemos los medios para producir
      las cosas que satisfacen nuestras necesidades básicas y, por otro, no
      decidimos qué, cómo y para qué se produce. Y así como no tenemos la tierra
      para producir manzanas tampoco trabajando de docente en una escuela
      decidimos qué, cómo y para qué producimos conocimiento. Pero no, no tenemos
      los medios para producir manzanas y en la escuela no decidimos (casi) nada.
      Por eso estamos obligados a vender por un salario nuestra capacidad de
      trabajar a aquellxs que sí tienen los medios de producción, quiénes sí
      deciden por y sobre nosotrxs qué, cómo y para qué hay que producir. O sea, *¡no
      sólo hay trabajadorxs asalariadxs en el mundo!*

      Dijimos que el trabajo asalariado en una relación social. Y
      una “relación” tiene, como un hilo, dos puntas. Y como si fuese un hilo que
      une dos elementos distantes, esta relación tiene, en una de sus puntas, al
      trabajo asalariado, y en la otra, a los propietarios privados de los medios
      para producir, los capitalistas. Este es otro modo de decir que si hay
      trabajadorxs asalariadxs es porque hay capitalistas. Y si hay capitalistas
      es porque hay trabajadorxs asalariadxs. No hay unxs sin otrxs. Y viceversa.
      En otras palabras, para que existan trabajadorxs asalariadxs en el mundo
      tienen que, también, existir capitalistas. Y en el mundo estamos así: la
      gran mayoría de los seres humanos obligados a vender nuestra capacidad de
      fuerza de trabajo por un salario, y una minoría de seres humanos que posee
      privadamente las máquinas, las computadoras, las materias primas, los
      transportes, la tierra, los edificios, el dinero, los bancos, etc.

      Notamos entonces que en el modo de producción capitalista,
      como en los anteriores, hay subordinación entre las personas: algunxs
      tienen más poder que otrxs y, lxs que tienen más poder, no permiten que lxs
      que no lo tienen cuestionen este hecho. En el capitalismo siempre se puede
      despedir a *lxs revoltosxs*. O apelar, en última instancia, con la
      mediación del estado, al poder de las armas…



      *La obligación de trabajar nos muestra como desiguales *



      El problema de la desigualdad en el capitalismo se vuelve espinoso,
      aparentemente contradictorio. Por un lado, a cada paso se nos dice que
      “somos todos iguales”. Y esto parece ser cierto: las leyes son las mismas
      para todxs. Pero decimos *parece*. Sabemos que un pobre y un rico no son
      iguales ante la ley… Sabemos que no cualquiera llega a ser candidato de un
      partido político en un puesto importante: en general, llegan los que tienen
      (mucha) plata. Por otro lado, a cada paso vemos desigualdad, los que tienen
      mucho y los que tenemos poco. ¿Cómo se explica esto?

      La proclamada *igualdad política* tiene límites importantes, y estos
      límites tienen su origen en la *desigualdad económica*. En las relaciones
      sociales de producción notamos (y/o padecemos) esta desigualdad día a día
      en nuestros trabajos. La más palpable es la que advertimos cotidianamente
      en el desarrollo de nuestro trabajo. Todxs tenemos un jefe. “Bueno” o
      “malo”, pero jefe al fin. Y nuestro jefe, lo sabemos, es jerárquicamente
      superior. No somos iguales a él/ella dentro del ámbito laboral. Nuestra
      igualdad *aparente* con él/ella comienza, en el mejor de los casos, cuando
      salimos a la calle. Es cierto que nuestrx jefe no necesariamente es el
      dueño de la empresa, sólo que, al cumplir funciones vinculadas con los
      intereses de la patronal (controlar a lxs trabajadorxs a su cargo) necesita
      tener mayor poder y, al mismo tiempo, para justificar esta jerarquía
      política en el plano económico, mayor salario. Él o ella, como nosotrxs,
      nos vemos obligadxs a vender nuestra fuerza de trabajo, pero el capitalismo
      introduce divisiones aparentes aún entre los trabajadores, al establecernos
      desde afuera jerarquías que nos llevan a no reconocernos como iguales entre
      nosotrxs.

      Estas desigualdades concretas, perceptibles y puntuales que
      percibimos a cada momento, expresan y tienen su origen en la desigualdad
      social general a la que aludíamos antes: el antagonismo entre el capital y
      el trabajo. El capital: los patrones, los dueños de las empresas y/o el
      estado, que funciona como patrón y que cuida los intereses de las otras
      patronales; en suma, todxs aquellos que no necesitan trabajar y viven del
      trabajo de otrxs sólo por ser los *dueños *de los medios de producción
      (todo aquello que necesitamos para producir: tierras, herramientas,
      máquinas, computadoras, edificios, patentes, etc., etc., etc.). El trabajo:
      nosotrxs, los que nos vemos obligados a vender nuestra fuerza laboral para
      obtener a cambio un salario.

      En suma, en el capitalismo algunxs poseen los medios para producir y
      deciden sobre la producción… pero no trabajan, ¡para eso estamos lxs
      trabajadorxs asalariadxs! ¿De qué viven los capitalistas? Del trabajo
      ajeno, de la explotación del conjunto de lxs trabajadorxs.

      Esta separación entre los que son dueños de los medios de producción y
      nosotrxs es la que nos obliga a trabajar *ASÍ*: asalariadamente,
      subordinadxs a otrxs, (casi) sin capacidad para decidir nada en el
      desarrollo de nuestro trabajos, que se hace según los intereses de otrxs, y
      en el cual muchas veces lo único que nos importa es cuánto falta para la
      fecha de cobro, que, en definitiva, nos guste más o menos lo que hacemos,
      es fundamentalmente, por ahora, por lo que trabajamos.



      *Continuará…*







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      [1] <#_ftnref1> Por un lado, en el modo de producción feudal, quien domina
      la producción es el señorío, aquí se establecían relaciones sociales
      subordinadas entre los señores y lxs siervos. Se naturalizaba una *diferencia
      política *entre ambas clases. En el ámbito económico, los señores feudales
      daban parte de sus tierras a los siervos para que la trabajen, pero un gran
      porcentaje de los bienes que de ella producían les eran expropiados. Esta
      expropiación se explica como resultado de una subordinación
      *extra-económica*, es decir, fundamentada en aquella diferencia política.




      --
      *Nodo - Colectivo de co-organización militante*
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