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Alturas de Macchu Picchu

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  • Eduardo Castro G. de la T.
    Son 12, ahi les van tres, les va a gustar, que lo disfruten VI Entonces en la escala de la tierra he subido entre la atroz maraña de las selvas perdidas hasta
    Message 1 of 1 , Oct 4, 2005
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      Son 12, ahi les van tres, les va a gustar, que lo
      disfruten



      VI

      Entonces en la escala de la tierra he subido
      entre la atroz maraña de las selvas perdidas
      hasta ti, Macchu Picchu.
      Alta ciudad de piedras escalares,
      por fin morada del que lo terrestre
      no escondió en las dormidas vestiduras.
      En ti, como dos líneas paralelas,
      la cuna del relámpago y del hombre
      se mecían en un viento de espinas.
      Madre de piedra, espuma de los cóndores.
      Alto arrecife de la aurora humana.
      Pala perdida en la primera arena.
      Ésta fue la morada, éste es el sitio:
      aquí los anchos granos del maíz ascendieron
      y bajaron de nuevo como granizo rojo.
      Aquí la hebra dorada salió de la vicuña
      a vestir los amores, los túmulos, las madres,
      el rey, las oraciones, los guerreros.
      Aquí los pies del hombre descansaron de noche
      junto a los pies del águila, en las altas guaridas
      carniceras, y en la aurora
      pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida,
      y tocaron las tierras y las piedras
      hasta reconocerlas en la noche o la muerte.
      Miro las vestiduras y las manos,
      el vestigio del agua en la oquedad sonora,
      la pared suavizada por el tacto de un rostro
      que miró con mis ojos las lámparas terrestres,
      que aceitó con mis manos las desaparecidas
      maderas: porque todo, ropaje, piel, vasijas,
      palabras, vino, panes,
      se fue, cayó a la tierra.
      Y el aire entró con dedos
      de azahar sobre todos los dormidos:
      mil años de aire, meses, semanas de aire,
      de viento azul, de cordillera férrea,
      que fueron como suaves huracanes de pasos
      lustrando el solitario recinto de la piedra.




      VIII

      Sube conmigo, amor americano.
      Besa conmigo las piedras secretas.
      La plata torrencial del Urubamba
      hace volar el polen a su copa amarilla.

      Vuela el vacío de la enredadera,
      la planta pétrea, la guirnalda dura
      sobre el silencio del cajón serrano.
      Ven, minúscula vida, entre las alas
      de la tierra, mientras -cristal y frío, aire golpeado
      -
      apartando esmeraldas combatidas,
      oh agua salvaje, bajas de la nieve.

      Amor, amor, hasta la noche abrupta,
      desde el sonoro pedernal andino,
      hacia la aurora de rodillas rojas,
      contempla el hijo ciego de la nieve.

      Oh, Wilkamayu de sonoros hilos,
      cuando rompes tus truenos lineales
      en blanca espuma, como herida nieve,
      cuando tu vendaval acantilado
      canta y castiga despertando al cielo,
      qué idioma traes a la oreja apenas
      desarraigada de tu espuma andina?

      Quién apresó el relámpago del frío
      y lo dejó en la altura encadenado,
      repartido en sus lágrimas glaciales,
      sacudido en sus rápidas espadas,
      golpeando sus estambres aguerridos,
      conducido en su cama de guerrero,
      sobresaltado en su final de roca?

      Qué dicen tus destellos acosados?
      Tu secreto relámpago rebelde
      antes viajó poblado de palabras?
      Quién va rompiendo sílabas heladas,
      idiomas negros, estandartes de oro,
      bocas profundas, gritos sometidos,
      en tus delgadas aguas arteriales?

      Quién va cortando párpados florales
      que vienen a mirar desde la tierra?
      Quién precipita los racimos muertos
      que bajan en tus manos de cascada
      a desgranar su noche desgranada
      en el carbón de la geología?

      Quién despeña la rama de los vínculos?
      Quién otra vez sepulta los adioses?

      Amor, amor, no toques la frontera,
      ni adores la cabeza sumergida:
      deja que el tiempo cumpla su estatura
      en su salón de manantiales rotos,
      y, entre el agua veloz y las murallas,
      recoge el aire del desfiladero,
      las paralelas láminas del viento,
      el canal ciego de las cordilleras,
      el áspero saludo del rocío,
      y sube, flor a flor, por la espesura,
      pisando la serpiente despeñada.

      En la escarpada zona, piedra y bosque,
      polvo de estrellas verdes, selva clara,
      Mantur estalla como un lago vivo
      o como un nuevo piso del silencio.

      Ven a mi propio ser, al alba mía,
      hasta las soledades coronadas.
      El reino muerto vive todavía.

      Y en el Reloj la sombra sanguinaria
      del cóndor cruza como una nave negra.








      XII

      Sube a nacer conmigo, hermano.
      Dame la mano desde la profunda
      zona de tu dolor diseminado.
      No volverás del fondo de las rocas.
      No volverás del tiempo subterráneo.
      No volverá tu voz endurecida.
      No volverán tus ojos taladrados.
      Mírame desde el fondo de la tierra,
      labrador, tejedor, pastor callado:
      domador de guanacos tutelares:
      albañil del andamio desafiado:
      aguador de las lágrimas andinas:
      joyero de los dedos machacados:
      agricultor temblando en la semilla:
      alfarero en tu greda derramado:
      traed a la copa de esta nueva vida
      vuestros viejos dolores enterrados.
      Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
      decidme: aquí fui castigado,
      porque la joya no brilló o la tierra
      no entregó a tiempo la piedra o el grano:
      señaladme la piedra en que caísteis
      y la madera en que os crucificaron,
      encendedme los viejos pedernales,
      las viejas lámparas, los látigos pegados
      a través de los siglos en las llagas
      y las hachas de brillo ensangrentado.
      Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
      A través de la tierra juntad todos
      los silenciosos labios derramados
      y desde el fondo habladme toda esta larga noche
      como si yo estuviera con vosotros anclado,
      contadme todo, cadena a cadena,
      eslabón a eslabón, y paso a paso,
      afilad los cuchillos que guardasteis,
      ponedlos en mi pecho y en mi mano,
      como un río de rayos amarillos,
      como un río de tigres enterrados,
      y dejadme llorar, horas, días, años,
      edades ciegas, siglos estelares.
      Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
      Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
      Apegadme los cuerpos como imanes.
      Acudid a mis venas y a mi boca.
      Hablad por mis palabras y mi sangre.



      De: Don Pablo Neruda

      73,
      Eduardo

      Eduardo

      Web: http://espanol.geocities.com/chi_huahuas
      HP1-COD (Radio Aficionado)
      XXIV Prom. CMLP

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