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El ejemplo de un gran periodista: Juan Mosca

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  • Álvaro Suescún
    Los periodistas de esta región del Caribe, los que hacen alto honor a esa gran carga de responsabilidad que significa desarrollar en sus altos kilates esta
    Message 1 of 5 , Nov 1, 2010

      Los periodistas de esta región del Caribe, los que hacen alto honor a esa gran carga de responsabilidad que significa desarrollar en sus altos kilates esta profesión, debieran enarbolar la bandera de la tristeza durante un minuto largo -ojalá tanto que dure lo que dura la vida-. Corresponde blandir en silencio la profunda aflicción que acontecimientos como este traen consigo, congoja y rabia, también. Los enterados, los que saben de las martingalas que se suceden tras las bambalinas del poder, saben por qué.

      Fernando Garavito, uno de los más insignes practicantes de esta profesión, ha fallecido la semana pasada, en un absurdo accidente automovilístico en Estados Unidos, entre Texas y Nuevo Méjico.

      También era Juan Mosca. No era que se ocultara tras ese seudónimo animoso con el que nos deleitó en sus columnas durante tantos años, era su manera de recuperar a cualquier Juan de Los Palotes que también podía ser Pablo Pueblo o Pedro Pérez, para reivindicar a la gente del común, con quienes tanto se identificaba. Tenía, entonces, una gran personalidad, era una cátedra ambulante del buen periodismo, sabía lo que hacía, y amaba esta profesión como el que más. Por eso tuvo los suficientes arredros para enfrentarse al coloso del poder que dispuso de la vida y honra de los colombianos en los últimos ocho años. Por eso también resultó siendo su víctima y debió irse al exilio, donde lo sorprendió la muerte de su esposa primero, y la de él, sufriendo anticipadamente los rigores de la tortura lenta, en carne viva, que significa estar lejos -involuntariamente- añorando el suelo natal, las costumbres, y la gente amada.

      Con la venia de Pablo, y la de todos los integrantes de esta red, voy a colgar aquí tres de semblanzas sobre él. Una de Patricia Iriarte, quien fuera su discípula y se destacara en los años en que con él trabajara en La Prensa y en Cromos. Otra de Lisandro Duque, su compañero en muchas lides literarias. Y la tercera de Daniel Coronell, su amigo. Es nuestra modesta manera de rendirle tributo a uno de los más grandes periodistas de los últimos tiempos. Ejemplo para esta profesión, en la que los dignos debieran tener un altar en el corazón de todos.

      Álvaro Suescún T.


    • Álvaro Suescún
      Texto de Patricia Iriarte, sobre Juan Mosca: ___ Garavito, in memoriam Qué quién era Fernando, me preguntaba el poeta Leo Castillo ante mi lamento esa tarde
      Message 2 of 5 , Nov 1, 2010
        Texto de Patricia Iriarte, sobre Juan Mosca:
        ___

        Garavito, in memoriam


        Qué quién era Fernando, me preguntaba el poeta Leo Castillo ante mi lamento esa tarde en la red social por la muerte de quien fue mi maestro en el periodismo y en la vida. Lo fue y no dejará de serlo. Porque cada vez que escribo, ante cada palabra que elijo, con cada frase que completo, por cada idea que logro transmitir, con cada emoción, recuerdo a Fernando. Recuerdo sus lecciones, siempre implacables -e impecables- de redacción; recuerdo sus terapias peripatéticas, que de patéticas no tenían nada pero si mucho de enriquecedoras y reveladoras de su verdadero temperamento.

        Fernando era, ante todo, un poeta en el sentido vital de la palabra, y para esa generación de periodistas que nos iniciamos bajo su tutela a finales de los ochentas, Garavito, como le decíamos cariñosamente, fue un padre intelectual y una cátedra viviente de buen periodismo, de independencia, de pasión creadora, de acérrima honestidad y sensible inteligencia.


        Fue hermosa la época en que conocí a Fernando. Se iniciaba el año 88 y él tenía la responsabilidad de inaugurar una nueva propuesta periodística en Colombia. Yo, con un par de años de experiencia que había adquirido en el Noticiero de las Siete y en el Semanario Zona, me fui a buscar trabajo en La Prensa, un tabloide dirigido por Juan Carlos Pastrana que se preparaba para hacerle competencia en Bogotá a los tradicionales periódicos capitalinos, incluyendo El Espacio. Lo de que fuera dirigido por un Pastrana no me gustaba ni cinco, pero sabía que su jefe de redacción era Fernando Garavito y de éste ya tenía referencias.

        El periódico, además, iba a ser diagramado por el artista Gustavo Zalamea, y a él llegaron, durante ese primer y apasionante año, plumas como las de Eduardo Arias, Pedro Badrán, Miguel Silva, Sonia López, Olga Sanmartín,  y muchos otros que tuvieron luego un brillante recorrido por el periodismo. Yo tenía al menos dos meses de embarazo cuando me dijo que era una firme candidata a formar parte del equipo, así que se lo confesé con una mezcla de pudor y de miedo, preguntándole si él creía que eso representaba algún problema para mi contratación. “¡Faltaba más!”, fue su respuesta. “¿Cómo así que las mujeres no van a tener derecho a quedar embarazadas? Ni que se les ocurra.” Y siete meses más tarde, cuando mi hija nació, tituló con su nombre una esquela preciosa en la sección de cosas del día.

        Era un “neura”, sí, y más de una vez me sacó piedras y lágrimas al colgarme un artículo o rehacerme una crónica. Pero me alegré profundamente por la suerte de tenerlo otra vez como editor en Cromos, unos años más tarde. Fue la apasionante y al mismo tiempo dolorosa época de la Asamblea Constituyente, y de los homicidios de Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo Ossa.

        En 1992 prologó mi primer libro de poemas después de haberme acompañado en la difícil etapa de corregir, reescribir y descartar versos que no tuvieran un mínimo de decencia literaria. También eso le agradezco hasta hoy. Y su amistad, que muchos años más tarde, a pesar de los exilios y los éxodos que cada cual vivía, se mantuvo intacta en su calado y calidez.

        Patricia Iriarte. Barranquilla, octubre 29 de 2010

      • Álvaro Suescún
        Garavito y Gabo Por: Lisandro Duque Naranjo, El espectador, octubre 31 de 2010 CONTARÉ EN ESTA COLUMNA LO que le escuché decir, hace 20 años, a García
        Message 3 of 5 , Nov 1, 2010

          Garavito y Gabo

          Por: Lisandro Duque Naranjo, El espectador, octubre 31 de 2010

          CONTARÉ EN ESTA COLUMNA LO que le escuché decir, hace 20 años, a García Márquez sobre el escritor bogotano Fernando Garavito, el mismo que el pasado 28 de octubre se quedó dormido en su carro mientras avanzaba por una autopista americana, y siguió derecho de una vez hacia la eternidad.

          Gabo escribía por entonces El General en su laberinto, y por llegar el suscrito a su casa un poco antes de que él cumpliera su religioso horario frente al computador, me pidió sentarme en el estudio a esperarlo, lo que hice simulando que leía una revista pero en realidad mirándolo teclear. No todos los días tiene uno la oportunidad de pillar en su trabajo a un genio de la literatura. Cuando dejó de escribir, hizo una llamada telefónica que me patié íntegra y que como muchas cosas suyas me pareció insólita: le preguntaba a un astrónomo —después supe que del observatorio norteamericano de Monte Palomar— si al fin había logrado averiguar si el 10 de junio de 1813, en la Nueva Granada, había habido luna llena. Del otro lado del teléfono debieron contestarle que todavía no tenían ese dato, porque el Nobel se despidió pidiendo encarecidamente que ojalá se lo tuvieran para pronto, pues le era de suma urgencia.

          Como se trataba de una luna del siglo antepasado, no me sentí un metido al indagarle el por qué de esa consulta, y me dijo que estaba muy entusiasmado con un capítulo ya escrito de su novela en la que le atribuía a Bolívar una conducta erótica muy exacerbada en las noches de luna llena. Y que como todas las escenas ya elaboradas para ese 10 de junio de ficción cazaban perfectamente para justificar en el libertador una aventura galante muy intensa, necesitaba que esa fecha hubiera sido de luna llena. De lo contrario, perdería credibilidad el capítulo y tendría que descartarlo.

          Le pregunté entonces qué lector podía ser tan maniático como para ponerse a averiguar, nada más que para buscarle el pierde, si hace ciento setenta y cinco años había habido luna llena o no, y me contestó: “Fernando Garavito. Por eso me le quiero adelantar. Si el 10 de junio de 1813 hubo luna llena, lo jodo”. Luego me contó de algunas pifias que Garavito le había pillado en novelas anteriores, a partir de las cuales lo consideró su lector más difícil, con quien tácitamente, y no sé si conociéndolo en persona, mantenía una especie de juego al gato y al ratón.

          Estuve muy pendiente, cuando leí la novela, del capítulo ese en el que a Bolívar se le enloquecía la bragueta, y no quedó incluido. Lo que quiere decir que el 10 de junio de 1813 no hubo luna llena en la Nueva Granada.

          Tres o cuatro años después conocí a Garavito. En ese único trato con él le conté mi conversación con García Márquez y su respuesta fue: “Una lástima que por culpa mía nos hayamos perdido de un buen capítulo”.

          Esa vez, me impresionó el contraste entre los sacudones que me suscitaban sus columnas en El Espectador, incisivas y de un humor ácido, y la serenidad que me inspiraba ese aspecto suyo de cachaco atildado y casi republicano. Lo que me reiteró en la certeza de que el artista suele ser un Mister Hyde al que lo poseen extrañas fuerzas en la soledad de su creación, mientras que el ciudadano, al hacer vida social, asume la identidad de un Mister Jekyll.

          Triste que este guerrero de las letras haya muerto en el exilio a que lo obligó esa cosa de ingrata recordación que se llamó la seguridad democrática. Pero adonde fue, como decía Cortázar sobre los ausentes de sus países de origen, fue como el caracol que siempre carga su casita encima. Adiós, admirado e ingenioso Juan Mosca.

          lisandroduque@...

           

           


        • Álvaro Suescún
          Moscas que cazaron águilas Por Daniel Coronell Revista semana, sábado 30 Octubre 2010 A Garavito su trabajo le costó la censura y el exilio. Sus
          Message 4 of 5 , Nov 1, 2010

            Moscas que cazaron águilas

            Por Daniel Coronell

            Revista semana, sábado 30 Octubre 2010

             

            A Garavito su trabajo le costó la censura y el exilio. Sus advertencias sobre el creciente poder de las mafias se han cumplido como profecías inexorables.

            A Melibea, Manuela y Fernando

            Lo impulsaba la irrefrenable voluntad de los tímidos. Fernando Garavito vivió y murió defendiendo verdades, muchas de ellas impopulares e incómodas. Ese hombre menudito que hablaba como si estuviera leyendo el diccionario, que casi siempre se vestía de negro y que pasó su vida tratando de no ser una carga para nadie, deja un inmenso vacío en el periodismo colombiano.

            En una época, era posible verlo todos los días al volante de su 'escarabajo', por la carrera Quinta al sur, rumbo al diario La Prensa. Allí él era el miembro veterano de un equipo de muchachos que trataba de inventar un periódico diferente.

            Era a la vez querido y temido. Algunos de sus pupilos de esa época son hoy reconocidos periodistas y directores de medios, en buena parte gracias a su escuela. Garavito era un implacable editor que no paraba hasta encontrar la palabra perfecta en cada frase.

            Jamás perdonó un error de ortografía e inventó un aterrador método histriónico-pedagógico que décadas después recuerdan sus discípulos.

            Por ejemplo, una novel redactora, recién salida de la universidad, escribió alguna vez "arrolló", conjugación del verbo arrollar, con ye. Garavito recibió la cuartilla y sin mediar palabra se tiró al suelo y empezó a reptar: "Este es un arroyo -vociferaba-: agua que baja de la montaña". Luego, con agilidad de gimnasta, se reincorporó de un salto y empujó suavemente a la reportera mientras susurraba: "En cambio, esto es arrollar".

            Sus textos eran pequeñas obras de arte entre puntos seguidos. Tenía un sentido infalible del ritmo, como si se hubiera tragado un metrónomo. Las suyas eran piezas llenas de verdades actuales que, sin embargo, parecían escapadas del romancero:

            "País que juega al tute y hace trampa. País que naufraga en las alcantarillas. País que sólo piensa con el ombligo. País mediocre, país violento, país pobre de espíritu. País que canta a una histérica en el himno. País que siempre queda de segundo…". (País que duele. 1987)

            El virtuosismo suyo, en prosa y verso, le sirvió tanto en la guerra como en el amor. Fernando Garavito contaba cómo se convirtió en su propio Cyrano para conquistar a su primera esposa.

            Acababa de terminar sus estudios de Derecho en la Javeriana y logró un empleo como redactor de El Tiempo. Mientras tanto, María Mercedes Carranza, hija del maestro Eduardo, era poeta, comentarista cultural y, sin saberlo, musa de Garavito. El ariete para romper ese muro lo creó en complicidad con Daniel Samper Pizano.

            Entre los dos inventaron un autor y mandaron sus versos a un concurso organizado por ella. Por la tarde, María Mercedes volvió asombrada y les comentó: "Si vieran el poeta que descubrí". La emboscada lírica derivó en matrimonio.

            Los últimos diez años de su vida, Fernando Garavito se encargó con valor de mostrar la cara oculta de Álvaro Uribe. Contra el parecer generalizado y al precio de su tranquilidad y la de su familia. Su trabajo valiente le costó censura y exilio. Sus advertencias sobre el creciente poder de las mafias se han ido cumpliendo como profecías inexorables.

            Los hechos siguen concediéndole la razón.

            Jamás aspiró a que se la reconocieran. Él mismo se definía como una mosca, mosca en leche, como en la mosca que no entra a las bocas cerradas. Esa presencia molesta que interrumpe los grandes momentos.

            Hace tres años, en medio del largo exilio, súbitamente murió su segunda esposa, y el gran amor de su vida, la bella bailarina y maestra Priscilla Welton.

            Desde ese momento, el aguerrido Juan Mosca, como firmaba muchos de sus trabajos, empezó a prepararse para reencontrarla. Esta semana lo logró mientras manejaba entre Texas y Nuevo México, la tierra que lo recibió cuando se le empezaron a cerrar todas las puertas en Colombia.


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