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excelente artículo sobre desobediencia civil de Edward J ames Olmos y otros...

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  • Robert Rabin
    Please use Google translate for English http://www.80grados.net/what-the-fuck/ “What the fuck! This is the guy from
    Message 1 of 1 , Apr 20, 2013
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      <http://www.80grados.net/what-the-fuck/>
      http://www.80grados.net/what-the-fuck/



      “What the fuck! This is the guy from Miami Vice!” Edward James Olmos abrió
      un ojo. Estaba rodeado de media docena de marines.

      “Sir, sir.”

      Eddie abrió el otro ojo y se incorporó.

      “Are you really the guy from Miami Vice?”, insistió uno.

      La siguiente pregunta era lógica.

      “What the fuck are you doing here?”

      Ahí Eddie soltó el rollo tal y como había sido instruido. Directo y al
      grano.

      “Sí, soy Edward James Olmos y estoy aquí en solidaridad con el pueblo de
      Vieques. Quiero que la Marina de Guerra de Estados Unidos pare el bombardeo
      y abandone la isla lo antes posible.”

      ¿Sabía usted que estaba en medio de un lugar peligroso? -Sí.

      ¿Que era un campo minado? -Sí.

      ¿Que estaba en un área de tiro de maniobras con bala viva? -Sí.

      ¿Sabía que había entrado ilegalmente a ese lugar? -Sí.

      ¿Sabía que sería arrestado? -Sí.

      ¿Estaba solo? No. Debían buscar a Robert Kennedy, Jr. y a Dennis Rivera. Y
      no estaba seguro si Draco Rosa había logrado llegar también al área de tiro
      porque venía en otra lancha.

      Draco había tenido que regresar a La Esperanza furioso y bajo protesta.
      Bobby y Dennis ya habían sido arrestados.

      Olmos era pues, el último de los mohicanos. Estaba tan rendido de un viaje
      de más de 20 horas en avión para convertirse en desobediente civil en
      Vieques que se había quedado dormido junto a un tanque de guerra que la
      Marina utilizaba como blanco de tiro.

      La incredulidad de los marines no fue tan grande como para no pedirle el
      autógrafo y retratarse con él antes de arrestarlo. Gringos. Hollywood. Such
      is life.

      ***

      La historia a continuación es real. Parece un episodio de serie de
      televisión con sus partes jocosas, pero no lo es. Es historia.

      Al conmemorar diez años de la salida de la Marina de Vieques, quiero rendir
      tributo con este capítulo a los que sin tener que solidarizarse con
      nosotros, lo hicieron. A la solidaridad de gente como Robert Kennedy, Jr.,
      el reverendo Jesse Jackson, su esposa Jackie Jackson, el reverendo Al
      Sharpton, los artistas Edward James Olmos y Robi Draco Rosa, los
      congresistas Nydia Velázquez y Luis Gutiérrez, la entonces senadora Hillary
      Clinton, los legisladores de Nueva York José Rivera, Roberto Ramírez,
      Adolfo Carrión y Adam Clayton Powel III, entre otros.

      Escogí este episodio porque fue uno de los más dramáticos. Permítanme
      contarles cómo se dio la desobediencia civil de Bobby, Eddie, Dennis y
      Draco.

      El viernes, 27 de abril de 2001, llegaron juntos al aeropuerto
      internacional de Puerto Rico el abogado ambientalista Robert Kennedy, Jr.,
      hijo del líder demócrata Robert F. Kennedy asesinado en la campaña electoral
      de 1968, sobrino del senador Ted Kennedy y del expresidente de Estados
      Unidos John F. Kennedy; Edward James Olmos, actor de ascendencia mexicana y
      activista de derechos civiles; y Dennis Rivera, boricua, sindicalista y
      activista político, estratega de los operativos para internacionalizar la
      lucha de Vieques con el apoyo moral y económico de la unión que presidía, la
      Local 1199 de Nueva York, afiliada a la Unión Internacional de Empleados de
      Servicios (SEIU). Venían en una misión.

      El propósito era llevarlos al área de tiro de la Marina en Vieques para
      servir de escudo humano a las prácticas con bala viva, detener las maniobras
      y lograr la atención de la prensa internacional.

      Yo estaba a cargo de esa misión. Éramos muchos los bailarines de una
      coreografía sincronizada, pero reconozco sin ánimo de presunción que me tocó
      el privilegio de dirigirla. El baile incluía desde las uniones de Puerto
      Rico afiliadas a SEIU –el Sindicato Puertorriqueño de Trabajadores y la
      Unión General de Trabajadores- en el área de movilización y apoyo, nuestra
      flota marina bajo la comandancia del viejo lobo de mar Carlos “Taso” Zenón y
      nuestra inteligencia militar en la zona de tiro bajo el comandante Juan
      Camacho, hasta el capellán ateo Robert Rabin que cuidaba de nuestra alma,
      fieles siempre a los mandamientos de los viequenses primero. Zenón, Camacho
      y Rabin eran el Alto Mando. Cada cual tenía su tropa. Todo estaba listo.

      En la mía éramos Graciela Rodríguez Martinó, Roberto “Tito” Otero, Carlos
      Méndez, Tania Maisner, Kay Anderson en Nueva York, y yo. Éramos el equipo
      técnico. Los encargados de mover el mambo y entregar “el paquete”. En el
      lugar exacto, a la hora exacta y con la actitud exacta. Nos tocaba la
      comunicación y la coordinación con el Alto Mando. Éramos responsables de que
      el operativo corriera como reloj suizo. Sobre todo, de los detalles y el
      control de daños. Ah… y de la prensa, en y fuera del récord. Si todo salía
      bien, la gloria era de todos. Si algo salía mal, la mierda era nuestra.
      Éramos los fixers. Escribiéndolo me siento como Olivia Pope.

      Por una de estas causalidades de la vida, Robi Draco Rosa, el cantautor más
      cabrón del país en esos momentos, venía en el mismo avión, lo que hizo
      pensar a algunos periodistas que era el elemento sorpresa del operativo y a
      nosotros soñar con que eso fuera cierto.

      Tras una conferencia de prensa en el aeropuerto y antes de volar a Vieques,
      nos fuimos a almorzar a El Pescador en la Placita de Mercado en Santurce.
      ¿Adivinen quién tuvo la misma idea? Draco y su hermana Angie. Comenzamos a
      salivar. Dennis y yo nos miramos con un “¿tú crees que…?”. Pero Graciela y
      Tito fueron más rápidos. Entrenados en la huelga del 81 en la UPR no pedían
      permiso. Cuando vinimos a ver, Tito tenía a Angie y a Robi almorzando con
      nosotros y ya lo había convencido de que se uniera al operativo. Tito se las
      echa de todo lo que le dijo ese día, pero a juzgar por lo poco que tardó en
      convencerlo, me inclino más por la versión que me favorece a mí. Ja. Angie
      me confesó esa noche que fue love at first sight porque yo me parecía a una
      tía de ellos. De Ponce, por supuesto. Sufre, Tito.

      Draco y Angie no podían volar con nosotros a Vieques, a las tres de la
      tarde, como previsto. Podían a las seis. No problema. El operativo estaba
      pautado para antes de la madrugada.

      Teníamos dos avionetas pequeñas esperándonos en el aeropuerto. En una, nos
      fuimos Graciela y yo con los tres mosqueteros a las tres como pautado. Tito,
      Carlos y Tania se quedarían esperando a D’Artagnan y su hermana para volar
      en la otra a las seis.

      Llegamos a Vieques y los agentes sindicales aparecieron por todos lados en
      T-shirts y gorras de brillantes colores violeta y amarillo con las siglas de
      su unión. Me separé del grupo para avisarle al Alto Mando que “el paquete”
      había llegado. Nos seguían las miradas y las sonrisas, el saludo tímido de
      algunos, el de boca de jarro y abrazo apretado de otros. Muchos viequenses
      me conocían desde hacía 22 años. No les extrañaba nada. Todo lo contrario,
      sabían muy bien lo que venía sin que se los dijéramos.

      Los agentes sindicales nos llevaron en varios vehículos a un hostal
      paradisiaco en las montañas al estilo James Bond. Tomaron caminos diferentes
      y dieron varias vueltas para que no nos siguieran los periodistas. Embuste
      #1 porque los periodistas eran parte del mambo. Pero no queríamos que se
      formara un party tan temprano. Kennedy, Rivera y Olmos debían descansar.
      Especialmente Eddie que había hecho un viaje maratónico desde Argentina
      donde participó en una actividad con las Madres de Mayo.

      El lugar era sencillamente de ensueño. Un puesto de observación natural
      desde una montaña que miraba el mar, con servicios e instalaciones de un
      paraíso. Era nuestro en su totalidad gracias a las gestiones de Tania que se
      encargó de desaparecer hasta los dueños.

      Ofrecí un briefing con los detalles de todo el ejercicio que nos aguardaba.
      Lo que iba a pasar minuto a minuto a partir de entonces. Lo que debían
      llevar, lo que dejarían con nosotros. Quién los llevaría, por dónde y a
      dónde. Les mostré un mapa. El plan era llegar al mismo centro del polígono
      de tiro entrando por Bahía Salinas en una lancha rápida que los dejaría a su
      suerte y regresaría al muelle de los pescadores en La Esperanza. Una segunda
      lancha los escoltaría para servir de señuelo y entretener las embarcaciones
      de la Marina mientras se completaba el operativo.

      Les expliqué cómo debían tirarse de la lancha sin pensarlo dos veces cuando
      el capitán acercara la lancha a la orilla y diera la orden. En ese momento,
      muy posiblemente ya habrían lanchas de la Marina persiguiéndolos y el
      capitán tendría que ser muy diestro y rápido para esquivarlos y regresar a
      puerto sin que lo capturaran.

      Les indiqué hacia dónde dirigirse. De frente, siempre de frente, y rápido.
      Después de la arena encontrarían vegetación, baja pero incómoda, algún
      artefacto en el suelo con el que podían tropezar. Iban a entrar con
      oscuridad o penumbra. Debían separarse en algún momento y esconderse para
      que tardaran en encontrarlos.

      Ese era uno de los peligros. Aunque todo estaba predicado en que los
      detectarían desde que salían del muelle de La Esperanza, la idea era estar
      bajo el radar hasta acercarse lo más posible a Bahía Salinas, un viaje de
      cerca de una hora por mar. Si estarían disparando y cuándo detendrían las
      maniobras, eso era una de las circunstancias fuera de nuestro control. No
      podíamos saber el itinerario de tiro ni cuánto tardarían en detectar su
      presencia por más obvio que lo hiciéramos.

      La otra situación era que había sectores del polígono con minas enterradas.
      Los viequenses habían entrado muchas veces por el mismo lugar y no habían
      volado en cantos, por lo que estimábamos que la ruta en que los pondríamos
      era segura. Pero era mi deber advertirles.

      Mucha gente aún no entiende que la desobediencia civil en Vieques entrando
      al polígono de tiro era realmente un riesgo a la vida. Muchos piensan que
      era un ejercicio divertido. No lo era. Nunca lo fue. Tanto por mar como por
      tierra las posibilidades de perecer eran reales.

      Al menos uno debía subir a Monte David, al puesto de observación (OP) donde
      dos años antes, el 19 de abril de 1999, habían matado de un tiro de práctica
      errado a David Sanes Rodríguez; muerte que desató la última batalla del
      pueblo viequense para sacar de su isla a la Marina de Guerra de Estados
      Unidos -la batalla de abril de 1999 hasta mayo del 2003.

      Les expliqué cómo los arrestarían. Lo que les preguntarían y lo que debían
      decir al ser arrestados.

      Discutimos todos los escenarios. Los riesgos. Los peligros. La posibilidad
      de que se lesionaran, de que los maltrataran si se daban con unos brutos, de
      que naufragaran si les jodían la lancha. Pregunté sobre medicamentos que
      debían llevar consigo si alguno y lo que debía llevarles yo a la cárcel
      federal. Era fin de semana. Estarían presos hasta el lunes cuando les
      pondrían fianza.

      En fin, repasamos el drill completo. Contesté sus preguntas. Entonces di
      órdenes de retirarse y descansar –sin celulares- hasta que yo personalmente,
      nadie más, los llamara. Embuste #2. Estaban rendidos, si no los dejaba ir a
      descansar se me amotinaban.

      Chequeé primero personalmente todas las habitaciones para asegurarme de que
      todo estuviera en orden y no hubiese sorpresas del enemigo. Embuste #3, pero
      suena sexy, ¿no?

      Graciela y yo teníamos culillo. Así que nos fuimos al Honor Bar y rompimos
      el protocolo de ley seca. Un solo palito. Poco después de las siete vimos
      que se acercaban dos Jeeps en los que llegó Tito con su entourage. No
      estaban tan cansados como los que dormían ya a pata tendida, así que nos
      dedicamos a conocernos mejor. Nos quedaban unas horas de espera.

      De pronto sonó mi teléfono. Era el Comandante Zenón. Había problemas. Tenía
      que bajar a encontrarlo inmediatamente. Sola.

      Salí rauda y veloz y dejé a Tito a cargo. Embustes #4 y #5. Tania lo tenía
      todo bajo control, Tito se quedó dando lata con Draco y yo no bajé sola ni
      pa’ Dios. Me fui con Graciela y con Carlitos porque es grande y fuerte. Por
      si acaso.

      Los agentes sindicales nos habían dejado un Jeep con las llaves sobre la
      goma trasera antes de marcharse. Yo sabía a dónde ir y no nos perdimos.
      Llegamos a la guarida de Zenón justo cuando acababa de ‘jampearse’ la última
      arepa con pescado frito de la noche.

      Había que abortar el operativo hasta nuevo aviso. Teníamos un soplón.
      Embuste #6. No hacía falta. Éramos demasiado obvios. Esa era la idea para
      asegurarnos de que paraban las maniobras. Pero los gringos habían
      reaccionado desproporcionadamente. El comandante Camacho había informado que
      nos estaban esperando con una flota muy superior a la anticipada. Con to’
      los hierros. Balsas de alta velocidad, armas largas. Había un ejército en el
      agua esperándonos. Camacho siempre tenía agentes en la zona de guerra que se
      comunicaban por radio. Esos sí que eran valientes, mi pana. Se comunicaban y
      se movían para que nunca los capturaran. Arriesgaban el cuero sin preguntas
      en medio de las maniobras.

      Taso no quería poner en mayor peligro la vida y seguridad de los
      mosqueteros. Bastaba con que iban a ser tirados, literalmente y en penumbra,
      en un campo minado donde desde buques de guerra la Marina más poderosa del
      mundo estaría disparando con balas vivas. Bastaba con que para llegar debían
      esquivar las veloces embarcaciones de soldados adiestrados para la guerra,
      sin chocar con ninguna ni permitir que los chocaran y mucho menos que los
      capturaran.

      Íbamos al Plan B. Lo haríamos a plena luz del día. Ahora eran dos lanchas
      las que tendrían que acercarse a tierra porque en una segunda iría Draco
      Rosa que no cabría en la primera. Y Tito, nuestro fixer voluntario dentro
      del perímetro.

      Desarticulé el convoy que estaba listo para subir a buscarnos y lo puse on
      call. Regresamos al hostal del cielo pasada la media noche. Y ahí fue que me
      gradué. Los desperté a todos para comunicarles el cambio de planes. Graciela
      no podía creer lo que estaba haciendo y nunca me ha dejado olvidarlo. Cada
      vez que cuenta la historia lo primero que suelta es: “Los despertó para
      decirles que podían seguir durmiendo. Brillante”.

      Admisión de culpa. Pero pensándolo bien, ¿y si Olmos se despertaba de
      madrugada y creía que había pasado otra cosa? Algo así como que lo habían
      dejado como parte de una conspiración. Le podía entrar la perse y el tipo
      era de Miami Vice. No podía arriesgarme, ¿no?

      Al amanecer desperté al equipo de trabajo y me miraron mal cuando les dije
      que era para repasar el ejercicio. No me perdonaban la interrupción del
      sueño. Me comuniqué con el comandante Zenón. “Cuando te avise, sal
      corriendo”. Llamé el convoy mientras Tania se encargaba de que los
      mosqueteros fueran debidamente alimentados, hicieran pipi y caca, y
      estuvieran listos.

      Me impacienté. Llamé a Taso. Estaba esperando que la Marina pensara que
      habíamos abortado todo el operativo y se descuidara reduciendo su flota.

      Poco después de las nueve llamó el Comandante. “Bájalos ahora”. Y empezó la
      acción. El convoy llegó al muelle de los pescadores en La Esperanza en
      tiempo récord. Abordaron las lanchas: dos lanchas veloces en manos de un par
      de pescadores enmascarados cada una. Yo sabía quiénes eran los capitanes.
      Los había cargado a caballito, frase que usaba mi padre para significar que
      conocía a alguien desde niño. Sabía por qué tenían que evitar ser
      reconocidos. Tenían varias detenciones en sus costillas. Una más y les
      confiscarían las lanchas con las que se ganaban el sustento, los meterían a
      una celda y tirarían la llave.

      Bobby, Eddie y Dennis iban en una de las lanchas. Draco, Tito, un periodista
      del Daily News de Nueva York en representación de la prensa internacional y
      un camarógrafo puertorriqueño, iban en la otra.

      Graciela estaba a cargo de la Prensa y había tratado de sacar otra lancha
      con más periodistas como testigos oculares. Pero ninguno se atrevió excepto
      aquel camarógrafo con cojones bien puestos – Miguel. No sé si todavía está
      en el medio donde trabajaba, así que no digo su apellido por si acaso.

      Yo me pasé. Me dio tanto coraje con los periodistas que alegaban tener
      prohibido entrar al área de tiro que le salí de atrás pa’ lante a uno cuando
      me espetó un “es que tú no entiendes”.

      “Tienes razón. No entiendo. Yo vengo de la época en que los periodistas no
      pedíamos permiso”.

      Se ofendió un poquito. Me perdonó esa porque ahora somos cuates.

      Creía que Graciela me fulminaría por ponerme a pelear con los periodistas.
      Pero no. En el departamento de respuestas mordaces siempre me gana. A un
      fotoperiodista le espetó sin miramientos:

      “Para lo que estás haciendo aquí te puedes ir a San Juan y usar una foto de
      archivo”.

      Robi no estaba contento. No entendía que la primera lancha no aguantaba más
      peso. Tito, con su acostumbrada paciencia, le explicó que teníamos que ser
      más rápidos que las lanchas de la Marina. El peso era importante.

      Todo esto pasó bien rápido. Taso daba las últimas órdenes a Yabureibo y a
      Carlitos – perdón, a los enmascarados. El viejo lobo no se conformaba con
      quedarse en tierra. Años atrás, él y Toñín Medina habían maniobrado las
      lanchas en los operativos más peligrosos. Pero ya sus ojos no eran los
      mismos.

      Zarparon y empezó lo más difícil: la espera. Se me aguaron los ojos porque
      de todos los que estábamos allí, solo Taso y yo sabíamos lo que venía ahora.
      Nos miramos y nos sentamos en el muelle a esperar.

      Yo sabía que al pasar la puntita frente al cayo los perderíamos de vista.
      Taso había dado órdenes de que nadie los siguiera. Menos gente en peligro,
      más espacio para maniobrar.

      En mi mente fui pasando frente al ­­­­­­­­­­­­­­­­balneario de Sombé, Media
      Luna, la entrada a la bahía fosforecente, el faro, El Limón, Punta Conejo.
      Y otros puntos cuyos nombres no recuerdo. Porque allí cada cantito de
      tierra, cada cayo y hasta cada ola tiene su nombre para los pescadores.
      Verían el Cerro Matías y habrían llegado a Bahía Salinas. Había recorrido
      aquella costa muchas veces. Imaginé la llegada a la playa Salinas. La lancha
      acercándose lo más posible a tierra y ellos saltando al agua. Sabía lo que
      sentirían en ese momento porque 22 años antes yo lo había sentido varias
      veces. En una de esas me atraparon, de hecho.

      Tenían entonces que separarse, correr, subir a Monte David y esconderse. Ya
      la Marina sabría que estaban en el área de tiro. Pararían el bombardeo.
      Mientras más tardaran en encontrarlos más tiempo se detenían las maniobras.
      En el juicio en el tribunal par de meses después, el teniente comandante
      Russel Gottfried testificó que las detuvimos por dos horas y media ese día.

      Mientras tanto, allá arriba se había complicado el panorama. Una docena de
      embarcaciones ligeras de la Marina armadas hasta los dientes enfrentaron las
      dos de los pescadores que llevaban nuestra carga humana armada solo con su
      coraje.

      Los muchachos maniobraron para al menos abrirle paso a una de ellas. Esas
      eran las órdenes de Zenón: “Por lo menos uno de ustedes tiene que terminar
      la misión”.

      Estaban en desventaja, pero los nuestros conocían mejor aquellas aguas y
      eran mejores pilotos que los marinos de ocasión que eran los soldados. Eso
      ya lo habían probado una y otra vez. Los nuestros sabían qué hacer.
      Yabureibo se abrió paso mientras Carlitos lo protegía cortándole el paso a
      los marinos y provocándolos para encojonarlos y que lo siguieran a él.

      Cogió un arpón y se lo entregó a Tito.

      “¡Si se acercan mucho le revientas la balsa!”.

      A Tito, el pacifista del grupo. ¡Por Dios! Eso no iba a pasar. Tito estaba
      mudo y tieso. Nunca le habían apuntado de tan cerca con armas largas. Podía
      ver el rotito del cañón apuntándole al mismo centro de la cabeza como en las
      películas.

      Carlitos siguió haciendo de las suyas con los marines. Cuando vió que Yabu
      se podía abrir paso y completar la misión, dio un viraje y los marinos se le
      fueron detrás. Querían capturar al que más los jodía. Testosterona pura.

      “¿Por qué viras? ¡No vires! ¡Sigue!”, le gritaba Draco a Carlitos.

      “Tengo cinco detenciones… una más y me encierran y tiran la llave”, le
      respondió el enmascarado.

      “Y te haces héroe y montan tu retrato en todas las casas de Vieques. ¡Sigue,
      damn it!”

      “No. Que me sigan ellos a mí y que Yabu llegue”

      “No. Tírate al agua si quieres… Yo sigo con la lancha. Tírate. Yo sigo. ¡Yo
      soy un guerrero, carajo!”

      Draco pedía lo imposible. Un pescador no le entrega su lancha a nadie y
      menos para que se la confisquen. Draco podía reponerla económicamente, claro
      está. Pero para un pescador, perder su lancha es perder el honor.

      Yo no supe nada de esa odisea hasta que Tito me la contó, por supuesto.
      Mientras eso ocurría mis ojos estaban pegados al saliente donde los perdí de
      vista. Tan ensimismada estaba que la gritería me tomó por sorpresa. Se
      acercaba volando sobre las olas un pescador que había visto cuando los
      interceptaron y vino a avisarnos.

      Otros pescadores brincaron literalmente a sus lanchas, prendieron, soltaron
      y partieron sin encomendarse a nadie. Iban a buscar a sus compañeros.

      Entonces los vi. Era una de las lanchas nuestras a toda velocidad
      perseguida de una, dos tres balsas de marines. Pero ya la habían perdido.
      La lancha del pescador había entrado a territorio viequense. Los pescadores
      que salieron los acabaron de convencer de que viraran y se fueran pa’l
      carajo: su barco. La lancha nuestra se acercaba a gran velocidad. Taso la
      identificó enseguida. Era la que llevaba a Draco. Dio un brinco y agitó el
      puño en el aire.

      “¡La primera pasó! ¡Ya están adentro!”

      La segunda lancha regresó con un Draco furioso y frustrado y un Tito jincho
      y mudo. La furia de Robi era real. Repetía todo el tiempo: “Denme otra
      lancha. Yo vuelvo solo. Yo soy un guerrero”.

      A mí me partió el corazón. Sabía lo que estaba sintiendo, pero no podíamos
      hacer otra cosa. Solamente se calmó cuando llegamos al campamento frente a
      Camp García. Allí estaba Danny Rivera. Graciela habló con Danny, que hasta
      ese momento no tenía planes de ingresar a la zona prohibida ese día pero
      decidió que entraba con Draco. Eso le costó un mes en la cárcel federal y
      Graciela todavía se siente culpable.

      Ese día fue glorioso. Mientras por mar entraban Bobby, Dennis y Olmos, por
      tierra entraban Draco, Danny, Tito, el alcalde de Carolina José Aponte, el
      congresista Luis Gutiérrez, las senadoras Velda González y Norma Burgos,
      entre otros.

      En el mar, la batalla la ganamos. Yabo llegó a toda velocidad a la orilla de
      Salinas.

      “¡Tírense! ¡Ahora!”, ordenó. Bobby, Eddie y Dennis obedecieron prestos.
      Llegaron a la orilla, se separaron y embalaron a correr. Yabo regresó al
      muelle de pescadores con una lancha más liviana burlándose de las balsas
      grises que trataban de capturarlo. Cuando lo vimos entrar con la lancha
      vacía empezamos a brincar y a abrazarnos entre lágrimas.

      A Dennis lo encontraron primero. Después a Bobby. Olmos echó un sueñito
      antes de que lo encontraran a la sombra de un tanque de guerra.

      Lo demás lo relataron los periódicos. El lunes pagamos la fianza. Un par de
      meses después los enjuiciaron. A Draco y a Tito les echaron unos cuantos
      días. A Olmos le echaron 20. A Bobby y a Dennis un mes completo. Se jodieron
      porque les tocó el juez federal Héctor Laffitte y estaba bieeeen molesto.
      Quiso lucirse frente a los abogados de Bobby y Dennis: el exgobernador de
      Nueva York Mario Cuomo y Benito Romano, primer puertorriqueño en alcanzar el
      cargo de Secretario de Justicia de Nueva York.

      Mientras estuvieron presos la desobediencia continuó en todo su apogeo y las
      adhesiones internacionales también. Hasta Hillary Clinton vino a verlos y a
      declarar públicamente en suelo boricua que favorecía la salida de la Marina
      de Vieques.

      Entonces ganamos. Ganar se siente bien chévere en el alma. Y hace olvidar
      todas las peripecias, los malos ratos, las lágrimas, el dolor, el cansancio,
      las pérdidas. Ganamos. Lloramos nuestros muertos. Pero ganamos. What the
      fuck!





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