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Manuel E. Yepe: The Shame of the Yankee Military

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    THE SHAME OF THE YANKEE MILITARY By Manuel E. Yepe http://www.walterlippmann.com/docs3462.html A CubaNews translation. Edited by Walter Lippmann. I often
    Message 1 of 1 , Jul 1, 2012
      THE SHAME OF THE YANKEE MILITARY
      By Manuel E. Yepe

      http://www.walterlippmann.com/docs3462.html
      A CubaNews translation. Edited by Walter Lippmann.

      I often wonder how much an ordinary US citizen must suffer when all over the world he hears the shouts, or reads the words "Yankee, go home".

      How much worse must be the feelings of US uniformed military in any of the Third World countries that has suffered frequent invasions, occupations, bombings and the resulting killings of inhabitants who could be relatives of any citizen in the country where they are. In these countries, indignation frequently reaches justified extremes and uncontrollable reactions against American military.

      When I was a very small boy, during the World War II era, I liked the US military.

      My mother worked as a salesperson on commission at a shop owned by Chinese traders in Havana called La Valencia. The shop sold mostly to tourists. My father used to "draw" US military, who at the time were the only foreign visitors who could be allured in Havana, so that my mother could make them customers of La Valencia and get the sales commission.

      As a norm, the officers and enlisted men stationed in American military bases in Cuba at the time came from well-off families. They had enough clout to be stationed far from the battlefields and relatively close to their homes.

      Consequently, most of the US officers and privates I heard of were generous and nice. Their contributions, through purchases at the shop of the Chinese, represented the main income of my family.

      My father could speak English quite well, because he came from a family of cigar workers who used to transfer every year to the United States during the "tiempo muerto" [literally "dead time" when there was no production] to find temporary employment in the cigar factories of Key West, or Tampa, in Florida. They travelled in flimsy vessels that did the voyage and his mother (my grandmother) would carry a sewing machine to contribute by working as a seamstress to help support the family.

      When the war ended, we all moved –my father, mother, my brother and I- to Tampa where we stayed for nine months. Later, my parents tried to remain in the United States permanently, but could not get the necessary visa. Plans changed and we returned to Cuba.

      This was a happy event for my brother and I because in Ybor City, the neighborhood for Blacks and Latinos where we lived, we had to experience many incidents of racial discrimination and xenophobia and some abuse from the military who -with helmets and machine guns- patrolled the frequent drills known as "blackouts" and imposed the concealment measures that we Black and Latino children often challenged

      In the last years of the decade of the 1940s, a shameful event took place: a group of drunken US marines climbed the statue of Jose Marti in Parque Central and urinated on it. All Cubans felt a righteous anger and I also felt certain guilt for having liked the young American military I had met at La Valencia.

      Now, after experiencing the harsh insurrectional struggle against a dictatorship supported by US military advisers in the armed forces and police, and more than half a century of hostility and threats of aggression from the government in Washington against the Revolution in power, I have understood that it is not the military –the human beings- to blame for all the crimes against the peoples in the world, including the American people- but the oligarchic cupola based in Wall Street that should be the target of global repudiation.

      Today I understand that our rejection and struggle against imperialism should not be expressed through the burning of US flags or insults to their military, politicians, diplomats and other representatives. It's far more effective to raise demands or carry out of actions that directly affect the interests of the big banking, media, trade and industry transnational corporations that drive the world at their convenience today.

      July 2012.




      LA VERGÜENZA DE LOS MILITARES YANQUIS

      Por Manuel E. Yepe

      Con frecuencia me pregunto cuánto debe sufrir un ciudadano común de Estados Unidos cuando escucha o encuentra por doquier en el mundo los gritos o letreros de "yankee, go home".

      Mucho peor ha de sentirse un militar uniformado de esa nación destacado en cualquiera de los países del tercer mundo que haya sufrido las frecuentes invasiones, ocupaciones, bombardeos y consecuentes asesinatos de pobladores que pudieran ser familiares de cualquier ciudadano del país donde ellos se encuentran. Allí, la indignación alcanza, en no pocas ocasiones, justificados extremos y reacciones incontrolables contra los militares estadounidenses. Cuando era un niño muy pequeño, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, los militares estadounidenses me inspiraban simpatía.

      Mi madre trabajaba como dependienta comisionista en una tienda propiedad de comerciantes de origen chino llamada Valencia, en La Habana, consagrada a la venta a turistas. Mi padre se dedicaba a "cazar" militares estadounidenses, que por entonces eran los únicos visitantes extranjeros susceptibles de captación en La Habana, para llevarlos a que mi madre los convirtiera en clientes de Valencia y obtuviera la correspondiente comisión.

      Como regla, los oficiales y soldados destacados en las bases militares norteamericanas en Cuba, por esa época, procedían de familias de ingresos superiores a la media. Tenían influencias suficientes para ser asignados bien lejos de los campos de batalla y relativamente cerca de sus hogares.

      Por tal motivo, los oficiales y soldados yanquis de que oía hablar eran casi todos generosos y agradables. Sus aportes mediante sus compras en la tienda de los chinos constituían el principal sustento de mi familia.

      Mi padre hablaba bien inglés porque procedía de un entorno familiar de obreros tabacaleros que acostumbraban a trasladarse todos los años a Estados Unidos durante el "tiempo muerto", para buscar empleo temporal en fábricas de cigarros de Cayo Hueso o Tampa, en el estado de la Florida. El viaje lo hacían en frágiles chalanas que se dedicaban entonces a estas transportaciones y su madre (mi abuela) llevaba consigo una maquina de coser para ayudar al sustento familiar como costurera.

      Al final de la guerra nos trasladamos todos -padre, madre y los dos hermanos- a Tampa donde permanecimos unos nueve meses. Luego, mis padres pretendieron quedarse definitivamente en los Estados Unidos, pero no pudieron obtener la visa requerida. Los planes cambiaron y regresamos a Cuba.

      Fue una feliz ocurrencia para mi hermano y para mí, porque en el barrio para negros y latinos de Ybor City donde vivíamos sufrimos en carne propia numerosos incidentes de discriminación racial y xenofobia y alguno que otro atropello por parte de los militares con cascos y ametralladoras que custodiaban los frecuentes ejercicios conocidos como "blackouts" (apagones), imponiendo las medidas de ocultamiento que a veces desafiábamos los niñitos negros y latinos.

      Cuando, a finales de la década de los años1940, tuvo lugar el vergonzoso incidente de los "marines"norteamericanos que, en estado de embriaguez, escalaron la estatua de José Martí en el Parque Central y se orinaron allí, a la indignación que sentimos todos los cubanos se agregó, en mi caso, un sentimiento de culpa por haber albergado alguna vez tanta simpatía por aquellos jóvenes militares que había conocido en "Valencia".

      Ahora, tras las experiencias de la cruenta lucha insurreccional contra una dictadura apoyada por asesores militares de Estados Unidos en todas las fuerzas armadas y la policía, y más de medio siglo de hostilidad y amenazas de agresión contra la revolución en el poder por parte del gobierno de Washington, he comprendido que no son los militares -en tanto que seres humanos- los culpables de todos aquellos crímenes contra los pueblos del mundo, incluido el norteamericano, sino la cúpula oligárquica que asienta en Wall Street la que debía ser blanco del repudio mundial.

      Hoy comprendo que no es con la quema de banderas de Estados Unidos ni ofensas a sus militares, políticos, diplomáticos y demás representantes que deben proyectarse las expresiones de rechazo y lucha contra el imperialismo, sino ejecutando o exigiendo acciones que afecten directamente los intereses del gran capital, las grandes corporaciones de bancos, de medios de información, de comercio y de la industria transnacional, que hoy manejan el mundo a su conveniencia.

      Julio de 2012.
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