Nada es lo mismo, aunque todo sea igual.
Ni lo que somos de lo que seremos,
ni lo que posiblemente hayamos sido de aquello que puntualmente
olvidaremos.
No es lo mismo perderse que dejarse ir; no es lo mismo
vivir que durar, ni estar que permanecer. No es lo mismo suponer que creer,
ni es lo mismo entender que descubrir. No es lo mismo la rosa que la espina,
la palabra escrita que el grito genuino.
No es lo mismo rezar que rogar ni amar que querer. No es lo mismo
volver que empezar, ni volver a empezar; ni empezar a volver...
que finalmente regresar.
No es lo mismo la noche que la oscuridad, no es lo mismo
el llanto que la lágrima, como no son lo mismo la sonrisa y la ironía,
o el deseo y la codicia...
En suma, nada es lo mismo,
ni siquiera la nada, ni siquiera lo mismo.