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“Aquí todo está bien” y la vergüenza histórica hondureña Por
Oriel María Siu Desde
sus rudimentarios inicios en el siglo XIX, Las Fuerzas Armadas de Honduras han
estado al servicio de las clases pudientes, terratenientes, y empresariales de
Honduras y de Estados Unidos. Ya sea
bajo el bando de los “Nacionalistas”, de los “Liberales”, o bajo el bando de
las mismas dictaduras militares, el ejército hondureño se ha posicionado en
contra de los intereses de los más marginados de Honduras, sector que hoy día conforma
más del 80 por ciento de la población. Aunque
existente desde el nacimiento del Estado-Nación hondureño (la década de 1820), las
Fuerzas Armadas de Honduras se vienen a consolidar hasta ya entrados los 1930,
cuando el General Tiburcio Carías Andino, bajo tutela del gobierno de Estados
Unidos y con el apoyo total de las compañías bananeras estadounidenses en
Honduras, se tomó la tarea de fortificarlas; a tal punto que en 1934, un
coronel norteamericano, el Coronel William C. Brooks, fue nombrado comandante
de las fuerzas aéreas hondureñas por Carías.
Desde entonces las Fuerzas Armadas hondureñas actúan ya no sólo bajo el
mando de alguno de los políticos gobernantes, sino que erigen su propio
tentáculo de poder en el país. Es así
como se llegó al periodo de las dictaduras militares en Honduras, el cual duró
de 1963 a 1980, periodo en el cual se agudizaron las tensiones entre
terratenientes, los sindicatos laborales y el ejército. Un ejemplo de estas tensiones se dio en lo
que hoy ya es un caso muy bien conocido; en junio de 1975 la familia del
depuesto Presidente Manuel Zelaya se vio involucrada en lo que ahora se conoce
como la Masacre de los Horcones, ya que un máximo de quince cuerpos, entre
ellos el de dos religiosos, activistas campesinos y estudiantes, fueron
encontrados a sólo metros de distancia del Rancho Los Horcones, rancho que le
pertenecía a Mel Zelaya, padre del Presidente Manuel Zelaya. Los asesinatos, hasta el día de hoy, han
quedado impunes. No
debe por lo tanto sorprender el reciente golpe de estado orquestado en horas de
la mañana del 28 de junio liderado por los militares y respaldado por la
oligarquía de este país centroamericano –el segundo más pobre de la región
ístmica, y el tercero de la región latinoamericana y el Caribe. Las Fuerzas Armadas hondureñas, junto a la
oligarquía, desde siempre han cargado incontables manchas de sangre en sus
armas y uniformes, cargando también con ellos la impunidad de sus múltiples
crímenes. Lo que ha sucedido en Honduras
recientemente es muestra de que ahí se hace y se deshace al antojo de la
oligarquía, aún cuando ésta no tiene ningún tipo de respaldo internacional. Porque sabiendo que la comunidad
internacional no apoya el golpe de estado del 28 de junio, el denominado
presidente Roberto Micheletti –ex-militar durante el periodo de la dictadura de
1963, empresario de transportes públicos y (ex) Presidente del Congreso–, ya
empezó incluso a juramentar a su nuevo gabinete. Mientras las calles de Tegucigalpa se tiñen
de sangre –véanse las incontables imágenes que se están publicando a través de
medios no gubernamentales de Honduras–, dentro de las instalaciones
presidenciales en Tegucigalpa, se lleva acabo todo un teatro de
politiqueros-empresarios. Sin escrúpulos,
el ejército se vuelve a colocar al mando de quienes retienen el poder. El
odio contra Zelaya en Honduras, por parte del sector privado y clases
oligarcas, proviene del hecho de que Zelaya, en sus tres años y medio en la
presidencia, ha aumentado el salario mínimo en un 60%, es decir que de un
promedio de 3,400 lempiras ($185) al mes, éste se aumentó a 5,500 lempiras ($300)
para el área urbana y 4,055 ($222) para el sector rural, una cantidad sumamente
baja aún para la obtención de la canasta básica de cualquier familia. A parte del treceavo y catorceavo mes que ya
existía, además, Zelaya añadió un quinceavo mes de salario para los
trabajadores, haciéndole un poco más de cosquillas a los bolsos de los
empresarios. Este hecho, sumado a las
relaciones que Zelaya sostiene con la República Bolivariana de Venezuela y su
mandatario, y la integración de Honduras en el 2008 al ALBA (Alternativa
Bolivariana para América Latina), ha generado un pánico en el sector privado y en
las clases pudientes hondureñas, haciéndolas apoyar en un 100% el reciente
golpe de estado y dándole vivas a las Fuerzas Armadas por haber sacado a Manuel
Zelaya, quien en el 2006 fue elegido democráticamente por el pueblo hondureño. El golpe de estado ha sido no sólo un atropello a la susodicha democracia que ha vivido Honduras (¿cuántos no continúan siendo excluidos y viviendo al margen de la política hondureña?) desde finales de la Guerra Fría, sino que también representa el continuum histórico de la colonización en éste país centroamericano. “Aquí todo está bien”, “todo está tranquilo”, me dicen quienes fueron hace varios años compañeros de mi infancia en San Pedro Sula. De la clase pudiente la mayoría (otros de clase media), ellos están contentos con el golpe de estado del 28 de junio, sus privilegios y comodidades en un país en el que reina la extrema pobreza, no les permiten la sensibilidad histórica necesaria para apoyar a un gobierno legítimamente elegido por el pueblo. En todo caso, considero, se ha llegado el momento de ver de qué está hecho el pueblo hondureño tras siglos de arbitrariedades cometidas en su contra. |
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